Los chicos de la calle Aralar

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Escuchando el recientemente publicado disco de Paul McCartney, The boys of Dungeon Lane, y su recorrido nostálgico por las calles de Liverpool que conformaron su juventud, no he podido reprimir un conato de melancolía en primera persona, y las postales musicales del álbum me han llevado en volandas, mecido por sus acordes de piano y melodías de ensueño, a mi propia infancia en el corazón del Segundo Ensanche, a la calle Aralar, donde crecí.

Mis padres se mudaron a ese lugar para iniciar su vida familiar a mediados de los años setenta. Luego mis hermanos fueron desbrozando el camino con sus primeros juegos y aventuras en aquél primer piso familiar hasta mi nacimiento, en 1985.

Todavía puedo recordar los fríos inviernos, embutido en un abrigo con cuello de lana y katiuskas, caminando con mis hermanos y Juani, nuestra cuidadora, hasta el colegio Sagrado Corazón. Un pequeño trayecto, no exento de peligros: sufrí un pequeño atropello por parte de una moto, al cruzar la calle, frente a Mudanzas el Gamo. El motorista giró la cabeza, vio que apenas tenía un rasguño en la rodilla y podría retreparme por mi propia cuenta, decidió seguir adelante. Eran tiempos recios: días después volví a ver a aquel muchacho, que displicente, le dijo a su acompañante al verme: “Mira, el del atropello”.

También en esa estrecha carretera vi por primera vez a una persona de color, un obrero que acudía a su puesto de trabajo. Pamplona era todavía una ciudad provinciana y no abundaban los extranjeros de origen arcano alguno. Para mí aquél honrado trabajador podría haber sido el mismísimo rey Baltasar.

Uno de mis recuerdos más vívidos es verme caminar con mis hermanos y jugar a identificar las marcas de los coches. Talbot, Seat, Ford, Renault, Simca. Qué lejos quedaban todavía los tiempos de los coches chinos eléctricos. Poder prolongar aquella fascinación por los automóviles jugando en casa con mi colección de cochecitos, que regalaban con las salchichas Oscar Mayer y que guardaba en un cubo blanco, en vez de abandonarme al violento mundo cibernético del Grand Theft Auto.

Otro de mis grandes placeres era acudir a la Juguetería Técnica Ramón, bucear en su espectacular escaparate, lleno de réplicas perfectas de coches deportivos clásicos, maquetas de trenes, aviones teledirigidos. Apenas nunca alcanzaba la plata para comprar nada allí; los precios eran prohibitivos, pero Ramón nunca me invitó a abandonar la tienda ni conminó a comprar a cualquier precio. Eran tiempos civilizados donde el capitalismo salvaje no era el credo de los tenderos y comerciantes. Recuerdo aquella ocasión en que pude comprar la maqueta de un carro blindado alemán, el Sturmgeschütz, que traté de ensamblar con escaso éxito.

Bajar al súper Montserrat, charlar con Demetrio, después con el Mariano, ver a las vecinas comprar y tirar de sus carritos.

El antiguo parque de bomberos de la calle Aralar, donde me llevaban de paseo en mi infancia para distraerme, fue derribado. Nada está hecho para durar. Y sin embargo, ahí sigue incólume el gimnasio Bonafau. Uno de mis hermanos fue un incipiente judoka, puedo evocar su judogi dando vueltas por todos los rincones de la casa, testigo mudo de un hobbie abandonado.

Si cierro los ojos aún puedo ver el viejo cartel de Lucas Girling, en la colindante calle de Cipriano Olaso, cerca de la Fontanería Briel, que sigue allí, dando guerra. También allí se encontraba la imprenta de nuestro amigo Félix, que nos permitía guardar las bicicletas en ese fascinante mundo de tinta y papel, guillotinas y plegadoras, a menudo obsequiados con pegatinas en blanco para que dejásemos volar nuestra imaginación. Sigue a pleno rendimiento la farmacia Estebánez, donde las hijas de Toyo mantienen la tradición familiar de la botica y la atención con cariño al cliente local.

También recuerdo con emoción las excursiones a la Sierra del Perdón los fines de semana con mis primos. Me fascinaba contemplar los nidos de procesionarias, esquivar la bosta de los percherones, portar el botijo familiar, degustar una tortilla de patatas y ensaladilla rusa en los tiempos previos al Tupperware. De aquél sitio de nuestro recreo sólo quedan las moles blanquecinas de los innúmeros molinos de viento que habrían provocado la ira de un Alonso Quijano.

Durante los recreos, mis compañeros de clase acudían al Bar Bodegas Aralar para comprar su almuerzo. Mi alma concupiscible recuerda bien sus suculentos bocadillos de tortilla rezumando chaka. O aquellos últimos días de clase, aún estudiantes de la ESO, cuando íbamos a casa de mi amigo Pablo con la cuadrilla a jugar al Street Fighter. ¡Kuma Wins!, exclamaba exultante el gigante Panda cuando lograba desbancar a adversarios con una técnica más refinada.

Pasados los años, bajábamos a jugar a los billares en el Liverpool y al futbolín en el Reta, recogiendo el testigo de nuestros ilustres predecesores en el arte de hacer el maula.

No todo son recuerdos luminosos. Aún hoy me estremezco al pasar delante del Bar Neón. Recuerdo aquellos personajes decadentes que merodeaban el diminuto local, punkis trasnochados con chupas de cuero esgrimiendo sus litronas con aire desafiante. Evoco con pavor aquella mosca de saltones ojos rojos que revoloteaba sobre una jarra de cerveza y que presidía estampada en la pared, sobre el dintel de la puerta. Hoy en día es un bar respetable para nostálgicos de los ochenta, pero en mis recuerdos sigue siendo una suerte de monumento a Sid Vicious en la calle Aralar.

Algunos domingos por la tarde acudía con mis hermanos a ver el fútbol en el Bar Chaflán, atestado de parroquianos, un denso humo de tabaco negro y olor a cerveza. Teníamos que hacer malabares con unas pocas pesetas que gastar a lo largo de 90 minutos, molto longos, tratando de lograr no ser increpados por ocupar las plazas de gorra, y en última instancia, invitados a largarnos de allí.

Los placeres eran sencillos en los tiempos previos a internet y las redes sociales. El viejo fútbol del que hablaban los caballeros que se cortaban el pelo en la peluquería del vasco evocando las andanzas de Robinson y Martín Monreal, en la Calle Gorriti, donde acudía de pequeño yo también con mis hermanos.

El fútbol furtivo que jugaba con mi hermano Miguel y nuestro amigo Nando, los domingos, intrusos allanando el Seminario o el Vázquez de Mella. El fútbol callejero en la antigua Plaza de Conde de Rodezno, donde dos cascos de cerveza derelictos simulaban las porterías en un mar de porquería, o en los porches de la plaza Ruiz de Alda.

Recuerdo con excitación la apertura de los sobres de cromos de la Liga, que compraba en Maika los domingos, con la paga de 100 pesetas, cuando no invertía la dádiva paterna en Monta-man o en golosinas. La felicidad infantil, cuando aprendí a montar en bicicleta, después de varias caídas como todo un Alex Zülle, en la hoy denominada Plaza de la Libertad.

En los primeros días de verano, mi madre extendía la ropa que nos había comprado en Alonso para el verano; bañadores, nikis, camisetas, las playeras, todos uniformados para acudir en masa a remojarse en las piscinas de Larrabide.

Consigo degustar con la memoria las nubes o jamones de malvavisco que traía mi padre en bolsitas los domingos por la tarde, después de dar su paseo vespertino. Recordar las conversaciones eternas con mi amiga Adri cuando la acompañaba hasta su casa, en Paulino Caballero, después de las clases. La emoción tamizada de olor a palomitas y maíz tostado de aquella tarde de cine en los Príncipe de Viana para ver Toy Story, junto a mi hermano Javi, el día de mi cumpleaños, ahora que acaba de estrenarse la quinta entrega, más de treinta años después.

El lujo del sábado para un niño era acudir al todo a cien de la Plaza Blanca de Navarra y comprar un sobre de cartas olorosas, un peluche o una figurita de porcelana de las tortugas ninja.

El lugar donde solíamos vivir, podría decirse que no era gran cosa, pero era nuestro hogar. Y podría perdonarte si piensas que era duro. Una mujer fue apuñalada en el rellano de las escaleras del número 17. Todavía me espanta la imagen en la memoria de una anciana desaliñada y con el pelo grasiento que volcaba las basuras y rebuscaba entre la inmundicia, a menudo increpando a los transeúntes. En una ocasión encontramos un preservativo adherido en las escaleras de nuestro venerable edificio. Los vecinos del cuarto dejaban suelto a su perro Jako y bajar la basura se convertía en un ejercicio de supervivencia.

Ahora, mientras escribo estas líneas degustando un café sólo en Coffing, después de haber paseado por enésima vez por esta misma calle Aralar, pienso en que efectivamente, nada está hecho para durar, nada permanece. Pero nadie puede borrar, los días que dejamos atrás.

Y pienso, sobre todo, en aquellos chicos de la Calle Aralar, que fueron y algún día serán.

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