Pamplona se lo bebe todo: una historia de amor húmeda y maravillosa entre una ciudad y su agua
Si hay algo inseparable -o indisoluble, según se mire- de la Gastronomía es el agua. Y si existe una pregunta que lleva siglos rondando los mentideros pamploneses no es otra que esta: ¿Cómo es que una ciudad enclavada en la Cuenca apodada con todo el cariño del mundo “el orinal de Navarra” se ha convertido en la urbe de la península más entusiasta bebedora de agua del grifo?
Porque conviene aclarar que en el resto del país beber directamente del grifo equivale, en términos sociales, a admitir algo vergonzoso. Quizás aceptable a nivel práctico, pero que se hace a puerta cerrada. En Pamplona, no. Aquí es lo que es, es orgullo cívico y, si hace falta, es tema de encuesta. Un estudio de 2019 de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona reveló que el 94% de sus residentes bebe agua del grifo de manera habitual, con una valoración media de 8,2 sobre 10. Oigan ustedes, la más alta registrada desde que alguien empezó a preguntar estas cosas en 2005. Que se lo cuestionen, además, con encuesta formal, dice todo sobre el tipo de ciudad que es esta.
El apodo geográfico, dicho sea de paso, no es un insulto, es una observación hidrológica. Pamplona se asienta en la confluencia de la cuenca del Arga, rodeada por las sierras de Perdón, Sarbil, el monte Ezkaba y las estribaciones pirenaicas. Es el punto más bajo de un entorno que conspira activamente para enviarle toda el agua disponible. Cuando el cielo se abre -con la frecuencia y contundencia que cualquier pamplonés conoce de sobra- el agua va a parar aquí. Toda la familia hidrológica se presenta sin ser invitada y se queda. La ciudad, lejos de resistirse, decidió hace siglos sacarle partido. Lo que sigue es la historia de cómo lo hizo.
La teoría del dichoso orinal, y por qué importa
La obsesión pamplonesa por el agua no es cosa reciente. El Códice de Roda, compilado hacia el año 992 d. C., ya se jactaba de que la ciudad -de apenas dos mil almas- tenía “tantos pozos como días hay en el año”. Muchos pozos, sí. El subsuelo medieval de la vieja Iruña escondía un nivel freático tan superficial que cavar uno era casi un pasatiempo. Pasado el tiempo, a finales del siglo XVIII, un censo municipal contabilizó 500 pozos comunales dentro de la ciudad amurallada.
Claro que tener agua en abundancia no significaba que se pudiera usar libremente. Pamplona fue pionera también en convertir la hidratación en materia burocrática. Las ordenanzas municipales medievales regulaban con entusiasmo todo lo relacionado con las fuentes: prohibido lavarse en ellas, prohibido abrevar caballos, prohibido holgazanear en los alrededores y, naturalmente, prohibido contaminarlas. Aunque la definición de “contaminar” debía interpretarse con generosidad, dado el estado general de la higiene de la época. El Ayuntamiento del siglo XVI llegó a nombrar un guardián dedicado en exclusiva a la fuente de la Plaza del Chapitel, con instrucciones precisas de “abrir la cisterna por las mañanas y cerrarla con llave por la noche”. Que nadie se anduviera con tonterías.
Los caños del agua

Antes de que llegaran las grandes tuberías, las fuentes de Pamplona eran las redes sociales de su época. Generaban lugares donde fluían el agua y los rumores a partes iguales, y en los cuales de vez en cuando se pillaba a algún sinvergüenza adulterando el suministro.
El repertorio es extenso. La Fuente del Consejo, instalada en 1563 frente al palacio de la Chancillería, entre los burgos de San Cernin y San Nicolás, fue un ejercicio de diplomacia municipal en piedra. Una sola fuente, compartida por dos comunidades que se seguían odiando con toda la cordialidad del mundo. Sus aguas venían de la surgencia de Iturrama -que en euskera, por si alguien se preguntaba, significa “manantial”. Estaban canalizadas a través de un puente de piedra sobre el foso. Por otro lado, la Fuente Baja de Santa Cecilia, que funcionó entre 1505 y 1575, fue costeada a tocateja por uno don Beltrán de Doances, alias “Cabezón”, aunque acabó suprimida por el deshonor de ofrecer agua solo tres meses al año. Ahí queda eso.
Más pintoresca fue la Fuente de la Plaza de Santo Domingo (1565), que bebía del sobrante de la del Chapitel -es decir, era la fuente de segunda mano- y que en 1581 recibió un “león de piedra” obra del imaginero Juan de Arteaga, pagado a razón de 7 ducados. Este felino pétreo fue el fundador de toda una dinastía iconográfica, porque tras sucesivos traslados acabó en la calle de los Descalzos, donde todavía se conserva con su nombre actual… y un caño perdido.
La Fuente de San Antón, instalada en los Jardines de la Taconera a finales del siglo XVI o principios del XVII, tenía tres caños, árboles frondosos y una hondonada que, según las lenguas viperinas, cobijó escenas que poco tenían que ver con la hidratación. La Fuente del León, en la Cuesta de la Estación, sufrió en 1823 el zarpazo de las tropas realistas de Fernando VII, que la dejaron sin el animal que la coronaba. Fue restaurada en 1831, y los versos populares de Perico de Alejandría le guardaban este epitafio: “En la Fuente del León / refrescan los pasajeros / y también las labradoras / suelen llenar los pucheros.” Poesía de la útil… y sutil.
Mención aparte merece la Fuente de los Legañosos, ubicada bajo el puente levadizo del Portal Nuevo. Su agua, al pasar por terreno azufroso, tenía reputación de curar los males de ojos. El médico Nadal de Gurrea dio testimonio en “Glorias Navarras” (1886). Señalaba haberse curado una grave fluxión ocular con sus aguas en agosto de 1865, después de agotar sin resultado todos los remedios de la ciencia. Los versos del barrio eran rotundos: “Debajo la Puerta Nueva / concurren los legañosos; / medicina muy barata / es el agua de los fosos.” Cobertura sanitaria popular en estado puro.
Extramuros, el panorama era igualmente animado. En Barañáin, la Fuente del Batueco (siglo XIX) era destino de peregrinación terapéutica para reumáticos, bronquíticos y enfermos de la piel. La mañana de San Juan adquiría carácter de auténtica romería, y para quienes no podían desplazarse, existía un servicio de tipo reparto a domicilio desde una caseta de la calle Navas de Tolosa. En la Rochapea, junto al puente de Santa Engracia, la fuente homónima gozó de tal reputación que los vecinos pudientes pagaban aguadores para traerse el agua desde tan distante paraje. En Sanduzelai, la Fuente de San Jorge (1597), junto con la del Canal y la de la Rochapea, marcaban los límites acuíferos de los iruindarrak en la linde del Monte Ezkaba.
Chafarices que aún sobreviven
De todo este repertorio monumental de manantiales y caños, tres han sobrevivido con suficiente dignidad como para merecer presentación. Así, la Fontana Viella, conocida luego como Fuente de la Tejería, es el fósil viviente del sistema. Datada en el siglo XIII, acabó dando nombre a lo que se llamó Calle del Abrevadero hasta 1855. Entonces el Ayuntamiento consideró que semejante topónimo carecía del lustre metropolitano apropiado y la rebautizó como Calle Espoz y Mina. La fuente fue trasladada en 1921 a su nicho actual en el muro de la calle Juan de Labrit. Ya no abastece a ciudad medieval alguna, pero sigue ahí, como testigo de 800 años de relación hídrica. Ahí está quietica y disponible para fotografiar cualquier tarde soleada; que no son tantas, todo hay que decirlo.Plaza

La Fuente del Hierro (siglo XIX) ocupaba las laderas occidentales junto a la calle-carretera que aún lleva su nombre. Sus aguas ferruginosas -ricas en hierro- atraían en el Ochocientos a las llamadas “damas cloróticas” de Pamplona. Estas eran jóvenes pálidas y románticamente anémicas a quienes sus médicos enviaban a tomar las aguas medicinales. Perico de Alejandría volvió a aifilar su palabra y las inmortalizó en unos versos cuya traducción libre vendría a decir: “si llegas con aspecto demacrado, te irás sonrojada”. El Ayuntamiento embelleció el entorno en 1870 con una escalinata de piedra y un muro de contención que, para variar, ya no se conservan como debieran. La fuente ha sido desplazada apenas 20 metros de su posición original que hoy se perdió en medio de una glorieta universitaria.
Finalmente, la Fuente de la Teja, en el actual Parque Norte de Lezkairu, fue en su día, a partir de 1790, punto de paso del agua de Subiza en su recorrido por gravedad hacia la ciudad. De tal hecho aún se conserva un tramo de la conducción. Ahí, a las afueras, fue al mismo tiempo destino favorito para los paseos vespertinos de la burguesía local. El Ayuntamiento adquirió los terrenos circundantes en 1865 para oficializar tal divertimento andarín. Hoy una restauración de dudosa categoría hace sombra a un pasado patrimonial de mayor enjundia.
Cinco fuentes, un pintor exiliado y un conde coleccionista

Esta mencionada agua de Subiza fluyendo desde 1790, Pamplona necesitaba un escenario digno de recibirla más allá de esa fuente junto a la tejería de Mendillorri. Para tal misión el Ayuntamiento recurrió a Luis Paret y Alcázar. Este personaje era pintor de la corte de Madrid y se había ganado cierto pedigrí intelectual al ser exiliado a Puerto Rico por razones de inconveniencia política. Sin embargo, por entonces residía de vuelta en Bilbao. El consistorio pamplonés, con criterio propio, le encargó cinco fuentes públicas monumentales que dejaran atónitos a propios y visitantes. Paret se puso manos a la obra -o al caño, si se prefiere- y las piezas se ejecutaron alrededor de 1796.
La trayectoria posterior de estos decorativos fontanales ha sido, por decirlo con elegancia diplomática, itinerante. La más célebre, la Fuente de la Beneficencia, presidió durante más de un siglo el centro de la Plaza del Castillo. Como está coronada por una figura alegórica de la Caridad, en algún momento de principios del siglo XX un periodista local bautizó como “Mari Blanca”. En 1910 fue retirada durante una reforma de la plaza, pasó una temporada en la Plaza de San Francisco, y terminó instalándose la escultura de manera permanente en los Jardines de la Taconera. Se la ve serena sobre su pedestal, con el gesto inequívoco de quien ha sido trasladada demasiadas veces y ya lo ha asumido. Ahora, servicio de agua para consumir nunca ha dado. Mero artefacto decorativo, aunque muy maja ella ahí donde la ponen.
La segunda, la Fuente de Neptuno Niño, sí permite beber y tiene una historia más pintoresca. Instalada en la Plaza del Consejo, bajo las ventanas del palacio del Conde de Guendulain, llamó tanto la atención del noble que mandó trasladarla al interior de su residencia privada. Si medió alguna transacción económica al respecto, los registros históricos lo dejan, con mucho tacto, sin resolver. El caso es que la fuente hoy está libre y sin cadenas nobiliarias en la citada plazoleta, donde le corresponde. Las otras tres fuentes de Paret -Santa Cecilia, Recoletas y Guendulain- siguen igualmente en Pamplona, cumpliendo con admirable paciencia sus condenas de 230 años de decoración cívica.
Las fuentes que no son de aquí (aunque lo parezcan)

Los niños no sé… pero las fuentes si vienen de París y a veces de Escocia. Y es que Pamplona tiene además dos monumentales fuentes de hierro fundido adquiridas junto al Sena en el siglo XIX. Son obra de la prestigiosa fundición J. J. Ducel et fils, que vendía ornamentos a ciudades de todo el mundo con la eficiencia de un catálogo de Ikea. El Ayuntamiento las compró en 1877 para el flamante Nuevo Mercado de Santo Domingo. Eran una de tres conchas para el patio interior y la llamada fuente de los Delfines para la plaza exterior. Esta última combina en un solo elemento las funciones de fuente y farola, siendo única en la ciudad. Con el tiempo, la solo decorativa de tres conchas acabó en un rincón del parque de la Taconera -rodeada de naturaleza y, según cuentan, de no siempre silenciosos amantes nocturnos-. La de los Delfines recaló en la plazuela de San José, en la Navarrería, su romántica ubicación actual ofreciendo agua en la sombra a vecinos y turistas.
Pero la revelación más desconcertante llega con las fuentes que cualquier pamplonés consideraría quinta esencialmente suyas. Me refiero a las de hierro fundido verde, con caño en forma de cabeza de león. Las hay en todos los parques, en todos los jardines, en todas las fotos de la ciudad con ínfulas de postal. Parecen antiguas. Parecen navarras hasta la médula. Son escocesas.
El modelo fue patentado y fabricado por Kennedy & Glenfield, empresa con sede en Escocia. La primera unidad llegó a Pamplona en 1896 y fue adquirida en París, cómo no, porque así se construyen las tradiciones más autóctonas. Se instaló a modo de prueba. Gustó tanto que tres meses después la ciudad compró doce más. De las trece originales, cuatro conservan aún visible en la base la inscripción del fabricante caledonio. Una está frente al Hotel Pamplona Catedral, en la calle 2 de Mayo; otra integrada en un abrevadero del Vergel; la tercera en el patio del Instituto Iturrama; y la cuarta junto al lago de Mendillorri. El resto con sus cientos de leones verdes de los parques son de fabricación local. A partir de los años cincuenta, la fundición Sancena, en Arrotxapea, reprodujo el modelo a escala industrial.
Hay que añadir que no eran verdes originalmente. El hierro fundido es gris. La costumbre de pintarlos de ese color llegó más tarde, de origen incierto pero estéticamente defendible. Y diré que existen ejemplares idénticos por toda Gran Bretaña, Irlanda y hasta en las Islas Malvinas. Patentada en Escocia, vendida a través de París, pintada de verde por costumbre y reproducida en masa en Arrotxapea. Esta es la fuente más emblemática de Pamplona. Así funciona también el patrimonio. Es como la gastronomía de vanguardia, fusión y reinvención.
Un sueño ilustrado de 96 arcos: el acueducto de Noáin


Ahora bien, ¿de dónde llegaba toda esa agua tan celebrada? En la década de 1770, con la población desbordando la capacidad de los pozos medievales, la ciudad puso sus ojos en el manantial de Subiza, a 15 kilómetros al suroeste. El proyecto tardó una década en organizarse y siete años en construirse. Entre 1790 y 1797, el agua de esta surgencia comenzó a fluir hacia Pamplona por la sola fuerza de la gravedad. No había ni bombas, ni electricidad, solo terreno es desnivel bien calculado y confianza en la física newtoniana.
La joya del sistema fue el Acueducto de Noáin, de un kilómetro de longitud y arcada elegante, diseñado por Ventura Rodríguez y declarado Bien de Interés Cultural en 1992. Esta ingeniería hidráulica abasteció a la ciudad durante más de un siglo. Cuando el agua llegó por primera vez, Pamplona lo celebró con gigantes, música y multitudes agolpadas en las fuentes públicas. El Ayuntamiento organizó incluso un desfile que discurrió a lo largo de una tubería. Dadas las circunstancias, parece del todo proporcionado.
Partida de nacimiento de nuestros grifos modernos

Subiza, sin embargo, dejó de ser la fuente principal antes de lo que podría pensarse. Desde finales del siglo XIX, la ciudad se abastecía principalmente del manantial de Arteta, situado a 25 km, con una aportación media de 3.000 litros por segundo. La toma fue inaugurada, como casi todo lo importante en esta ciudad, durante San Fermín, concretamente en 1895. En 1934, el Ayuntamiento cedió las aguas de Subiza a la Diputación Foral de Navarra a cambio de los solares del antiguo Hospital. La protagonista histórica de la gran ingeniería ilustrada quedó así jubilada con honores. Hoy este nacedero surte a unos pocos pueblos de la Sierra del Perdón, aunque con el escudo de Pamplona grabado en el dintel de su boca, como recordatorio de lo que fue.
En estos días, el agua de los grifos pamploneses tiene dos fuentes principales. La primera y mayoritaria es el manantial de Arteta. La segunda es el embalse de Eugi, que desde 1973 recoge las aguas del Arga naciente en Quinto Real. A estas se suma la Estación de Tiebas, puesta en marcha en 2006, que junto al embalse de Itoiz y el Canal de Navarra garantiza el abastecimiento para las próximas décadas. Sistema diversificado, redundante y, según la OCU, que no da elogios a la ligera, productor de una de las mejores aguas del grifo del estado. Los pamploneses ya lo sabían, naturalmente.
La catedral acuática

Antes de llegar al grifo, toda esa agua pasa por uno de los rincones más desconocidos de la ciudad. En lo alto de una colina con vistas panorámicas a la Cuenca se alzan los Depósitos de Mendillorri. Los dos primeros se construyeron en 1895 para recibir las aguas de Arteta ya que la altura garantizaba que la gravedad se encargara de la distribución sin necesidad de bombas. Era una continuidad elegante con la lógica del acueducto ilustrado. Entre 1942 y 1975 se añadieron cuatro depósitos más para atender el crecimiento de posguerra. Los seis almacenan hoy 68 millones de litros de agua potable procedente de Arteta, Eugi e Itoiz. Los más antiguos, con más de 130 años en servicio activo, pueden visitarse, y sus cámaras subterráneas tienen la atmósfera de una cripta gótica. La diferencia notable es que lo que guardan como reliquia no son huesos ni restos de santos, sino agua potable de primera calidad.
¿Dónde descansar del paseo?, Junto a la fuente

¿Qué hay más gastronómico que el agua y más amigable que charlar junto a un caño de agua fresca? Pocas cosas A pesar de que hay un proverbio vasco que desconfía de esta idílica estampa hidráulica. Conciso y con el humor envenenado que el euskara destila con especial eficacia: Iturri ondoan, ur egarri. Pegado a la fuente, sediento de agua. El equivalente euskaldún de “en casa del herrero, cuchara de palo”; porque quien más cerca está del bien, suele ser el último en disfrutarlo.
Pamplona ha hecho todo lo posible por desmentir ese refrán. Y lo ha conseguido con nota. El 94% de sus habitantes bebe del grifo y le da un 8,2 sobre 10. Ocho coma dos. Ahí es nada. A agua del grifo. A esa cosa que sale sin pedir permiso cada vez que abres el fregadero y que luego te cobran, claro.
Desde la Fontana Viella del siglo XIII hasta las cabezas de león de todos los parques – que sí, escocesas, pero ya pamplonesas de adopción-; desde los arcos del acueducto de Noáin hasta los 68 millones de litros que esperan tranquilos en Mendillorri, la ciudad siempre ha sabido lo que tenía.

Y, lo que no es raro, siempre lo ha aprovechado. Lo que venía delm monte, sencillo y humilde es bueno. No hace falta más. Aunque, mientras tanto, a solo quince kilómetros, en Belascoáin brotan desde tiempos inmemoriales unos manantiales a 25,7 grados con sabor salobre, alcalino y amargo a caliza húmeda y monedas viejas. Un agua que los médicos del XIX proclamaron fuente de salud y que hoy se comercializa embotellada. En 1903 se asociaron con las de Burlada, donde desde 1872 un pozo abierto por casualidad en la Venta del pueblo había destapado un agua bicarbonatada sódica que los facultativos declararon única en todo el territorio vasconavarro. Tanto debía tener, que aquella agua de la Cuenca cruzó el Atlántico embotellada y llegó a las mesas de Argentina, Cuba y Filipinas como sinónimo de distinción. El objeto de deseo para quien estaba dispuesto a pagar por él existía entonces y existe ahora.
Pero de esa historia de aguas mineromedicinales ya hablaremos en otro momento. Hoy que nos quede claro que aquí, sin embargo, en Pamplona, en su Cuenca, junto a la fuente, no hay nadie sediento. Solo paisanos contentos y bien hidratados, que no es poco.
Dena xurgatzen du Iruñak
Hiri baten eta bere uraren arteko maitasun istorio busti eta zoragarria
Gastronomiatik bereizezina -edo, nola begiratzen zaion arabera, desegin ezin dena- ura da. Eta mendeetan zehar Iruñeko zurrumurru-zirkuluetan bueltaka dabilen galdera bakarra hau da: nola da posible “Nafarroako pixontzia” deitutako “ La Cuencan” kokatutako hiria penintsulako txorrotako ura edateko gogotsuena bihurtzea?
Izan ere, herrialdeko gainerako eremuetan, dutxulutik zuzenean edatea, gizarte-mailan, lotsa ematen duen zerbait onartzearekin parekoa da. Agian praktikan onargarria, baina ate itxien atzean egiten den zerbait. Ez da hala Iruñean. Hemen, dena da herritarren harrotasuna eta, behar izanez gero, inkesta baten gaia. Iruñerriko Mankomunitate batek 2019an egindako ikerketa batek erakutsi zuen bertako biztanleen %94k etengabe edaten dutela txorrotako ura, 10etik 8,2ko batez besteko balorazioarekin. Entzun ondo, 2005ean galdera hauek egiten hasi zirenetik erregistratutako puntuaziorik altuena da hori. Galdeketa formal baten gai izatea berak esaten du hiri hau zer nolakoa den.
Bide batez, geografia-ezizena ez da iraina, hidrologia-behaketa bat baizik. Iruñea Arga ibaiaren arroaren elkargunean dago, Erreniega eta Sarbil mendilerroek, Ezkaba mendia eta Pirinioen oin-mendiek inguratuta. Bertako paisaiaren puntu baxuena da, eta paisaia horrek modu aktiboan azpilana egiten du eskuragarri dagoen ura guztia bertara bideratzeko. Zeruak zabaltzen direnean -maiztasun eta indar horrekin, Iruñeko biztanleek oso ondo dakiten moduan- ura hemen amaitzen da. Hidrologia-familia osoa gonbidatu gabe agertzen da eta bertan geratzen da. Hiria, gogor egin beharrean, mendeetan erabaki zuen egoera horretaz ahalik eta gehien baliatzea. Ondorengoak kontatzen du nola egin zuen hori.
Txizontzi bedeinkatuaren teoria, eta zergatik den garrantzitsua
Iruñearen urarekiko obsesioa ez da ezer berria. Roda Kodexa, 992. urtearen inguruan osatua, harro zegoen jada hiria -ia bi mila biztanle besterik ez zituena – “urteko egunen kopuru bereko putzuak” zituela. Benetan putzu asko. Erdi Aroko Iruñea zaharraren azpiak hain zuen maila freatikoa gainazaletik hurbil, ezen putzu bat egitea ia aisialdi-jarduera bat baitzen. Denborak aurrera egin ahala, XVIII. mendearen amaierarako, udal errolda batek gotorlekuko hirian 500 putzu komun aurkitu zituen.
Jakina, ura ugari izateak ez zuen esan nahi askatasunez erabili zitekeenik. Iruñea ere aitzindaria izan zen hidratatzea burokrazia kontu bihurtzen. Erdi Aroko udal ordenantzek zorrotz arautzen zuten iturriekin zerikusia zuena: ez garbitu, ez ureztatu zaldiak, ez egon inguruan bueltaka eta,
noski, ez kutsatu. Hala ere, “zikin” hitzaren definizioa zabaltasunez interpretatu behar zen, garaiko higiene-egoera orokorra kontuan hartuta. XVI. mendeko Udalak, gainera, Chapiteleko Plaza iturriari soilik eskainitako zaindari bat izendatu zuen, “goizean uharka ireki eta gauean giltzatu” zezan argibide zehatzekin. Inork ez zezan bertan txolokeriarik egin.
Ur-tutuluak
Hodi-sare zabalen garaia iritsi baino lehen, Iruñeko iturriak garaiko sare sozialak ziren. Urak eta zurrumurruek neurri berean isurtzen ziren lekuak sortzen zituzten, eta noizean behin, horniduran manipulatzen ari zen gaizkile bat harrapatzen zuten.
Zerrenda zabala da. 1563an San Zernin eta San Nikolas burguen artean, Jauregiaren aurrean instalatutako Kontseiluko Iturria harriz landutako udal diplomaziaren ariketa bat izan zen. Iturri bakarra, munduko adeitasun guztia erakutsiz elkar gorrotatzen jarraitzen zuten bi komunitatek partekatua. Bere urak Iturrama -iturrama!- iturburutik zetozkion. Urak gotorlekuko lubanarroaren gaineko harrizko zubi baten bidez bideratzen ziren. Bestalde, 1505 eta 1575 artean funtzionatu zuen Santa Zeziliaren Iturri Behea, “Cabezón” ezizenez ezaguna zen Don Beltrán de Doances jaun batek bere poltsikotik finantzatu zuen, nahiz eta azkenean urtean hiru hilabetez bakarrik ura emateagatik, lotsa guztiarekin, bertan behera utzi zuten. Kito.
Pintoreskoagoa zen Santo Domingo plazako Iturria (1565), Chapitel iturriaren soberakinetik hartzen zuena ura –hau da, bigarren eskuko iturria–, eta 1581ean Juan de Arteaga artistak 7 dukateko tasan eskulturatarako “harrizko lehoi” bat jaso zuena. Harrizko lehoi honek ikonografia- dinastia oso baten sortzaile izan zen, izan ere, lekuz aldatze ugari egin ondoren, azkenean Descalzos kalera iritsi zen, eta han gordeta dago oraindik izen horrekin… eta aho bat falta zaio.
San Anton Iturria, XVI. mendearen amaieran edo XVII. mendearen hasieran Takonera lorategietan instalatua, hiru aho, hostoz estalitako zuhaitzak eta hutsune bat zituen; azken hori, gaizki esanak diotenez, hidratazioarekin zerikusirik gutxi zuten jardueren lekua zen. Geltokiko aldapa kalean dagoen Lehoiaren Iturriak 1823an jasan zuen Fernando VII.aren tropa erregezaleen erasoa, eta haiek kendu zioten gainean zuen animalia. 1831n berreraiki zuten, eta Perico de Alejandría-ren bertso ospetsuek epitafio hau gorde zuten: “En la Fuente del León / refrescan los pasajeros / y también las labradoras / suelen llenar los pucheros.” Erabilgarriaren poesia… eta dotorea.
Aipamen berezia merezi du Atari Berriako zubi igogailuaren azpian dagoen Bakartsuen Iturriak. Bere ura, sufre-lurraren bidez isurtzen zenean, begi-gaixotasunak sendatzeko ospea zuen. Nadal de Gurrea medikuak horren lekuko izan zen “Glorias Navarras” (1886) lanean. 1865eko
abuztuan, medikuntza modernoaren erremedio guztiak alferrik erabili ondoren, begi-infekzio larri bat iturri horren urez sendatu zuela ohartarazi zuen. Auzoko bertsoek argi uzten zuten: “Debajo la Puerta Nueva / concurren los legañosos; / medicina muy barata / es el agua de los fosos.” Herri-osasuna bere egoera puruenean.
Hiriaren harresietatik kanpo, eszena berdin bizia zen. Barañainen, XIX. mendeko Batueco Iturria helmuga zen erromesaldi terapeutikoetarako, hezueria, bronkitisa eta azaleko gaixotasunak zituztenentzat. Donibane eguneko goizeak benetako erromesaldiaren izaera hartu zuen, eta bidaiatu ezin zutenentzat Navas de Tolosa kaleko kiosko batetik etxez etxeko banaketa-zerbitzua eskaintzen zen. Arrotxapean, Santa Engrazia zubiaren ondoan, izen bereko iturriari hain ospe handia zegokion ezen aberats bizilagunek ur-eramaileei dirua ordaintzen zietela hain urruneko toki batetik ura ekartzeko. Sanduzelaian, San Jorge iturria (1597), Kanaleko eta Arrotxapearekin batera, Iruindarren ur-mugak markatzen zituen Ezkaba mendiaren oinean.
Oraindik bizirik dauden iturriak
Iturri eta iturburuen errepertorio monumentala osatzen duen multzo honetatik, hiru aipatzeko moduko duintasun nahikoa mantenduta iraun dute. Horrela, Fontana Viella, geroago Teileriako Iturria izenez ezaguna, sistemaren fosil biziduna da. XIII. mendekoa, azkenean 1855era arte Uraskaren Kalea deitzen zitzaion kaleari bere izena eman zion. Orduan, Udalak uste izan zuen izen horrek ez zuela beharrezko metropoliko osperik, eta Espoz y Mina kalea izena jarri zion. Iturria 1921ean lekualdatu zuten gaur egungo kokalekura, Juan de Labrit kaleko horman. Ez du jada inolako hiri erdi arokoari hornitzen, baina bertan jarraitzen du, 800 urteko ur-historiaren lekuko gisa. Han dago, geldirik eta edozein eguzkitsuko arratsaldean argazkiak ateratzeko prest; nahiz eta esan behar den, halako arratsaldeak oso gutxi direla.
Burdin Iturria (XIX. mendea) mendebaldeko maldapetan zegoen, oraindik izen bera daraman kale- bidearen ondoan. Bere burdinez aberatsak ziren ur burdintsuek XIX. mendean Pamplonako “klorotiko andreak” erakartzen zituzten. Hauek medikuek ur sendagarriak edatera bidalitako, zurbil eta erromantikoki anemikoak ziren gazte emakumeak ziren. Perico de Alejandriak berriro zorroztu zuen lumea eta bertso gutxi batzuetan betiko utzi zituen; horien itzulpen libre batek honela esango luke: “argal iritsiko bazara, arrosa-koloreko distirarekin alde egingo duzu”. Udalak 1870ean harri- eskailera bat eta eusteko horma bat jarri zituen inguruan, baina askotan gertatzen den bezala, ez daude behar bezala kontserbatuta. Iturria bere jatorrizko kokalekutik 20 metrora mugitu dute, eta orain unibertsitateko biribilgune baten erdian galdu da.
Azkenik, gaur egun Lezkairu Ipar Parkean dagoen Teilako Iturria 1790etik aurrera Zubitzako uraren hiri aldera grabitatez egindako ibilbideko geltokia izan zen. Garai hartako hodi-
sareko zatiren bat oraindik kontserbatuta dago. Han, kanpoaldeko gune horretan, tokiko burgesiaren arratsaldeko paseotarako helmuga gogokoena ere bazen. Udalak 1865ean erosi zituen inguruko lursailak, oinezkoen ohitura hau formalizatzeko. Gaur egun, zalantzazko kalitateko zaharberritze batek itzal bat botatzen dio ondare-iragan sakonago bati.
Bost iturri, erbesteratutako margolari bat eta bildumagile konde bat
1790az geroztik Zubitzako aipatutako ura isurtzen ari zenez, Iruñeko Mendillorriko teila- lantegiaren ondoan dagoen iturri hartatik harago hura jasotzeko merezi zuen inguru bat behar zuen. Zeregin horretarako, Udalak Luis Paret y Alcázarri egin zion dei. Gizon hori Madrilgo gorteko margolaria zen eta Puerto Ricora erbesteratu izanak, arrazoi politikoengatik deserosoa zelako, nolabaiteko ospe intelektual bat ekarri zion. Hala ere, ordurako Bilbon bizi zen berriro. Iruñeko udalak, bere ekimenez, bost iturri publiko monumentalez osatutako multzo bat sortzeko enkargua eman zion, bertako zein bisitariak harritzeko modukoak izango zirenak. Paretek lanean hasi zen eta lanak 1796 inguruan amaitu ziren.
Iturri apaingarri horien ondorengo historia, diplomaz esateko, ibiltaria izan da. Ospetsuena, Ongintzaren Iturria, Gazteluko Enparantzaren erdian mende bat baino gehiago buru izan zen. Karitatearen alegoriako irudi batek koroatuta dagoenez, XX. mendearen hasieran tokiko kazetari batek “Mari Blanca” izena jarri zion. 1910ean plaza berritzeko lanen bitartean kendu zuten, San Frantzisko plazan denbora batez egon ondoren, azkenean eskultura Takonera lorategietan behin betiko instalatu zuten. Bere oinarriaren gainean lasai-lasai zutik dago, askotan lekuz aldatua izan den eta egoera horrekin bakea egin duen norbaiten itxura nabarmena duela. Orain, inoiz ez du edateko ura eman. Apaindura hutsa da, nahiz eta nonahi jartzen duten lekuan oso dotore agertzen den.
Bigarrena, Haur Neptunoren Iturria, edateko ura ematen du eta historia koloretsuagoa du. Kontseilu Plazan, Guendulaineko konde-jauregiaren leihoen azpian instalatuta, hainbeste liluratu zuen noblea ezen bere etxebizitza pribatuan eramateko agindu baitzuen. Gai honi dagokionez transakzio ekonomikorik egon zen ala ez, erregistro historikoek, dotorezia handiz, erantzunik gabe uzten dute. Egia da iturria orain askatuta eta kate gabe dagoela aipatutako plazan, non bere lekua den, noble loturetatik urrun. Pareten beste hiru iturri -Santa Zezilia, Errekoletak eta Gendulain- ere Iruñean daude, 230 urteko zigorra betez dekorazio zibil gisa, pazientzia mirestegarriz.
Hemen ez diren iturriak (nahiz eta hala diruditen)
Ez dakit haurrei buruz… baina iturriak Paristik datoz, eta batzuetan Eskoziatik ere. Egia da Iruñek ere XIX. mendean Senaren ertzetik eskuratutako bi burdin monumentalezko iturri dituela. Hauek J. J. Ducel et fils izeneko fundizio ospetsuaren lanak dira, mundu osoko hiriei apaingarriak Ikea katalogo baten eraginkortasunarekin saltzen ziena. Udalak 1877an erosi zituen Santo Domingoko Merkatu berriarentzat, hain zuzen ere. Barneko barlarako hiru maskor-iturrienetako bat eta kanpoko plazarako “Delfinen Iturria” izenekoa barne hartzen zituzten. Azken honek iturri baten eta kale-lanpara baten funtzioak egitura bakarrean uztartzen ditu, hirian bakarra bihurtuz. Denborarekin, hiru maskorrez osatutako iturri huts-dekoratukoa Takonera parke baten txoko batean amaitu zen -naturaz inguratuta eta, diotenez, ez beti isilak diren gaueko maitaleek inguratuta. Delfinen Iturria Nabarreria auzoko San Joxe plaza txikira iritsi zen, gaur egungo kokaleku erromantikoan, bertako zein turista guztiei itzalpean ura eskainiz.
Baina, harrigarriena da, Iruñeko bizilagun orok bereak direla esango lituzkeen iturri horiei buruzko argibidea. Burdin galdarazko berdeei buruz ari naiz, lehoien buru itxurako aho-irteerekin. Parke eta lorategi guztietan, baita hiriko postal-argazki guztietan ere, aurki daitezke. Zaharrak dirudite. Erroan nafar dirudite. Eskoziakoak dira.
Modeloa patentatu eta ekoitzi zuen Eskozian oinarritutako Kennedy & Glenfield enpresak. Lehen unitatea 1896an iritsi zen Iruñera eta, jakina, Parisen erosi zuten, izan ere. Proba moduan instalatu zuten. Hain ezaguna izan zen ezen, hiru hilabetera, hiria beste hamabi erostea erabaki baitzuen. Jatorrizko hamahiruetatik, lau oinarriaren behealdean ikus daitekeen Kaledoniako fabrikatzailea izena daramate oraindik. Bat Hotel Pamplona Catedralaren aurrean dago, Maiatzaren 2 kalean; beste bat Vergelaldeko edateko trinketen txertatuta dago; hirugarrena Iturrama Institutuko patioan dago; eta laugarrena Mendillorri aintzira ondoan. Gainerakoak, parkeetan aurkitzen diren ehunka lehoi berdeekin batera, bertakoak dira. 1950eko hamarkadatik aurrera, Arrotxapeako Sancena burdinolak eredua eskala industrialean erreproduzitu zuen.
Gaineratu behar da hasieran ez zeudela berdeak. Galdaketa-burdina gris kolorekoa da. Kolore horretan margotzeko ohitura geroago etorri zen, jatorri ezezagunekoa baina estetika aldetik zilegi dena. Eta aipatu behar dut antzeko adibide berdinak aurki daitezkeela Britainia Handi osoan, Irlandan eta baita Falkland Uharteetan ere. Eskozian patentatua, Parisen bidez saltzen zen, ohituraz berde margotzen zen eta Arrotxapean masiboki ekoizten zen. Hau da Iruñeko iturri ikonoena. Ondareak ere horrela funtzionatzen du. Gastronomia abangoardiaren antzekoa da: fusioa eta berrasmakuntza.
96 arkuko amets argitua: Noaingo akueduktua
Orain, nondik zetorren hain ospetsu den ura? 1770eko hamarkadan, biztanleria erdi aroko putzuetako gaitasuna gainditu zuenean, hiria Zubitza iturrira, hego-mendebaldera 15 kilometrora dagoenera, begira jarri zen. Proiektuak hamar urte behar izan zituen antolatzeko eta zazpi eraikitzeko. 1790 eta 1797 bitartean, iturri honetako ura grabitatearen indarrari esker bakarrik hasi zen Iruñerantz isurtzen. Ez zegoen ponparik, ez elektrizitaterik, malda ondo kalkulatuak eta Newtonen fisikarekiko fedea besterik ez.
Sistemaren koroako bitxia Noaingo Akueduktua izan zen, kilometro bateko luzera eta arkuz dotore apaindutakoa, Ventura Rodríguezek diseinatu eta 1992an Kultur Intereseko Ondasunak izendatu zutena. Ingeniaritza hidraulikoko lorpen honek hiria mende bat baino gehiagoz hornitu zuen. Urak iritsi zirenean, Iruñeko erraldoiekin, musikarekin eta jendetza handiekin ospatu zuen, iturri publikoak jendez gainezka. Udalak ur-hodi baten bidez ibilbide bat eginez kalejira bat ere antolatu zuen. Egoera ikusita, guztiz neurri egokia iruditzen zaigu.
Gure txorroten jaioterria
Zubitza, ordea, iturri nagusia izateari utzi zion pentsa daitekeen baino lehenago. XIX. mendearen amaieratik aurrera, hiria batez ere Arteta iturritik hornitu zen, 25 kilometrora dagoena eta segundo bakoitzeko 3.000 litroko batez besteko emaria duena. Hartunea inauguratu zuten, hiriko garrantzitsua den ia guztia bezala, San Ferminetan, zehazki 1895ean. 1934an, Udalak Zubitzako urak Nafarroako Foru Aldundiari utzi zizkion, behin ospitale zaharra zegoen lursailen truke. Horrela, ingeniaritza-lan handiko ekintza historiko honen protagonista omenez erretiratu zen. Gaur egun, iturri honek Erreniegako herri txiki batzuk hornitzen ditu, nahiz eta bere ahoaren ateburuan Iruñeko armarriak grabatuta dauden, behin zer izan zen gogorarazteko.
Gaur egun, Iruñeko txorrotako ura bi iturri nagusitik dator. Lehenengoa eta nagusia Arteta iturria da. Bigarrena Eugi urtegia da, 1973tik Kintoako iturburutik jaikitzen den Arga ibaiko urak biltzen dituena. Horri gehitu behar zaio 2006an martxan jarri zuten Tebaseko estazioa, Itoizko urtegiarekin eta Nafarroako Kanalarekin batera etorkizuneko hamarkadetarako ur hornidura bermatzen duena. Sistema anitza eta erredundantea da, eta OCUren arabera —erraz txalorik egiten ez duen erakundeak-herrialdeko txorrotako ura onenetako batzuk ekoizten ditu. Jakina, Iruñeko biztanleek hori jada bazekiten.
Ur-katedrala
Iruñera iritsi aurretik, ur guztia hiriaren gutxien ezagutzen den txokoetako baten bidez igarotzen da. Mendillorriko ur-biltegiak, Iruñerria osoa ikuspegian hartzen duten muino baten gainean kokatuta daude. Lehen biak 1895ean eraiki zituzten Artetatik ura jasotzeko, altuerak grabitateak banaketa bermatuko zuelako ur-ponparik gabe. Argien Aroko akueduktuaren logikaren jarraipen dotorea izan zen. 1942tik 1975era bitartean, beste lau biltegi gehitu zituzten gerra osteko hazkundea asetzeko. Gaur egun, sei ur-biltegiek Arteta, Eugi eta Itoiztik datorren 68 milioi litro edateko ura gordetzen dute. 130 urte baino gehiagoz martxan egon diren zaharrenak bisitarientzat irekita daude, eta haien azpiko ganberak gotiko kriptaren giroa dute. Aldea da bertan gordetzen diren erlikiak ez direla hezurrak edo santuen aztarnak, baizik eta kalitate goreneko edateko ura.
Nondik atseden hartu ibilaldian? Iturrian
Uraren gastronomikoagoa eta fresko baten iturri ondoan solasean aritzea baino giro atseginagoa zer egon daiteke? Gutxi, oso gutxi. Nahiz eta euskarazko esaera zahar batek susmo txarrarekin begiratzen dion ur-idiliko honi. Laburra, mingotsa eta umorez betea, euskarak hain eraginkortasunez distilatu duena: Iturri ondoan, ur egarri. Onaren alboan daudenak izaten baitira, sarritan, azkenak gozatzeko aukera izaten dutenak.
Iruñeak, ordea, esaldi hori gezurtatzeko ahalegin guztiak egin ditu. Eta arrakasta handiz, gainera. Bertako biztanleen %94k txorrotako ura edaten dute, eta hamar puntutik 8,2 ematen diote. Zortzi koma bi. Hori ez da gutxi, ez, txorrotako urarentzat. Hau da, grifoa ireki bakoitzean, inongo baimenik gabe ateratzen den -bai, gero ordaintzen den-ur hari.
Hamahirugarren mendeko Fontana Viellatik parke guztietako lehoien buruetara -eskoziarrak dira, bai, baina orain adopzioz iruindarrak-; Noaingo akueduktuaren arkupetik Mendillorriko isilpean zain dauden 68 milioi litroetara, hiriak beti jakin du zer zuen. Eta, ez da harritzekoa, beti onena atera dio. Mendietatik etorritakoa, sinplea eta xumea. Horrek nahikoa du.
Bitartean, hamabost kilometrora, Beraskoainen, iturriak betidanik ari dira isurtzen 25,7 gradutan, heze kareharriaren eta txanpon zaharren zapore gazi, alkalino eta mingotsarekin. Hemeretzigarren mendeko medikuek osasun-iturri gisa aldarrikatutako ura, eta gaur egun botilatan saltzen dena. 1903an Burlatakoekin bat egin zuten. Han, 1872tik, herri-ostatu batean ausaz irekitako putzu batek sodio bikarbonatozko ura aurkitu zuen, eta medikuek Euskal Herriko eta Nafarroako lurraldean bakarra zela deklaratu zuten. Hain berezia, ezen Iruñerriko ura botilatan Atlantikoa zeharkatuta Argentinako, Kubako eta Filipinetako mahaietara iritsi baitzen, luxuaren eta bereizgarritasunaren ikur gisa. Ordutik, eta oraindik ere, hori ordaintzeko prest zeudenentzat desira-iturri da.
Baina mineral-medikuntza-ur horien historiari buruzko ipuina beste egunerako utziko dugu. Gaur, gelditu gaitezen argi batekin. Hemen, Iruñean, Iruñerrian, iturriaren ondoan, inor ez dago egarri. Herritar pozik eta ondo hidrataturik baino ez, eta hori -esan dezagun behin eta berriro- ez da gutxi.
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