El nacimiento de un barrio
Paul Galtzagorri en su Arcadia. Crédito: Arnau | @Arnaucomics
Corría el año 2003 cuando empecé mis estudios universitarios. Recuerdo la angosta carretera que atravesaba el campus universitario, los árboles de los lados devoraban la calzada, que se retorcía, acribillada por las raíces.
En numerosas ocasiones caminaba por ese camino para volver a casa, distraído el paso por las lecciones de Economía y Derecho recibidas durante la jornada. Siempre me llamó la atención aquella otra zona que quedaba del otro lado del río, aquella meseta de Donapea.
En 2024, como Julio César cruzando el Rubicón, me tocó pasar del otro lado del Sadar. Y así, durante unas semanas de la primavera de aquel año, ejercí de profesor en prácticas en el instituto Donapea. De nuevo me veía caminando por el angosto sendero, la mente empeñada en revivir las clases presenciadas, aprendiendo de mis tutoras el noble arte de la enseñanza.
Cuando llegan a mis oídos las últimas novedades sobre el proyecto urbanístico del nuevo barrio de Donapea, pienso en todos aquellos momentos asociados a la búsqueda del conocimiento y a su transmisión, a mi juventud y madurez. A los compañeros de aula, profesores, tutores, a tantas personas sin nombre que durante más de seis años me acompañaron de manera silenciosa.
También vienen a mi memoria otros proyectos urbanísticos en los alrededores de Pamplona anteriores que fueron informando otros momentos de mi vida. Así, el barrio de Mendillorri, en el que empezaron a vivir tantos compañeros de clase, a finales de los noventa, a finales de la educación primaria e inicios de secundaria. O el de Sarriguren, en el que compraron vivienda mis primeros amigos que se emanciparon. Después llegaron Lezkairu, Ripagaina…
Como cualquier organismo vivo, nuestra ciudad, Pamplona, nace, crece y se reproduce. Así, la semilla de este nuevo barrio se plantó en 2024, cuando se abrió una primera consulta pública para definir los grandes criterios del futuro barrio: sostenibilidad, movilidad, integración paisajística y porcentaje de vivienda protegida. Tras ello, en 2025 el Ayuntamiento aprobó inicialmente la modificación urbanística y abrió el periodo de alegaciones.
El plan prevé la construcción de alrededor de 5.000 viviendas, muchas de ellas protegidas, además de parques, corredores ecológicos, carriles bici y conexiones peatonales con los barrios colindantes y el entorno del río Sadar. A día de hoy el proyecto continúa en fase de planeamiento y definición urbanística detallada, pendiente todavía de aprobaciones administrativas definitivas por parte del Gobierno de Navarra y de la posterior urbanización de los terrenos.
El Ayuntamiento de Pamplona inició el 25 de febrero el proceso de participación ciudadana previo a la elaboración del Plan Parcial de Donapea, documento que establecerá las bases y características del futuro barrio. La presentación pública inicial del proyecto estuvo abierta a toda la ciudadanía.
Junto a esta sesión informativa, el consistorio abrió un periodo para que vecinos y colectivos pudiesen enviar propuestas, opiniones y sugerencias hasta el 6 de abril de 2026. Las aportaciones se realizaron mediante la plataforma municipal de participación Decide Pamplona, donde también puede consultarse toda la documentación relacionada con el proceso.
Si los plazos previstos se cumplen, las primeras obras de urbanización podrían comenzar aproximadamente entre 2028 y 2029, mientras que la construcción efectiva de viviendas se desarrollaría de forma progresiva durante la década de 2030.
Puestos a soñar, trazo en mi mente mis sugerencias para el futuro barrio. Quizá inspirado por una reminiscencia de las clases de Derecho Romano, me imagino un foro monumental y moderno, donde los futuros habitantes del barrio de Donapea puedan encontrarse para charlar de sus asuntos, intercambiar opiniones, recomendaciones literarias, compartir un café. En un cruce de caminos entre la educación secundaria y la universitaria, no podrían faltar aulas abiertas para ejercer la libertad de enseñanza, con clases magistrales abiertas a todos los púbicos, impartidas por profesores noveles sin empleo o maestros jubilados que quieran rejuvenecer viejos laureles.
Dedicaría amplio espacio a “locales, locales de ensayo, locales para hacer talleres de escritura, de pintura, de escultura, locales para los creadores, locales para los chavales, para que vayan a hablar o a hacer lo que les dé la gana”, como abogaba Robe Iniesta.
No debería faltar un cine de barrio, donde se proyectase cine actual y el cine clásico, el viejo celuloide almacenado por la Filmoteca de Navarra.
Por supuesto no podrían faltar instalaciones deportivas, para practicar todo tipo de especialidades, abiertas a todos y para todos los niveles. Recintos al aire libre para practicar calistenia o postura de yoga. Una piscina olímpica para forjar al futuro Phelps navarro. Unas termas para poder relajarse después de una larga jornada laboral. Un teatro para representar todo tipo de artes escénicas. Saunas nórdicas para arrostrar el largo y duro invierno, piscinas al aire libre para disfrutar del verano.
Muros reservados para los grafiteros, salas de exposición para fotógrafos, pintores y escultores. Parques para pasear, estanques con patos y carpas, césped para extender un mantel y organizar un picnic. Casas para pájaros que alegren con su canto la primavera de los vecinos.
El futuro barrio podría nacer con el acicate de albergar un museo. ¿Por qué no un museo dedicado al humor, abanderado por Oroz? Un lugar para partirse de risa y aprender. O quizá un museo dedicado a la pelota, dado que contamos con innúmeros campeones. O al Camino de Santiago, que atraviesa, enriqueciendo desde hace siglos, nuestras tierras. O uno dedicado a la gastronomía navarra, para llenar la andorga y expandir nuestros horizontes gustativos.
Otra forma de apuntalar la futura fama del barrio podría consistir en proyectar algunas casas de diseño arquitectónico impactante, como en su día fueron las Casas Cubo de Róterdam, obra del arquitecto holandés Piet Blom. Así, podríamos contemplar extasiados una casa con la forma de la chistera de cesta-punta.
Tal vez mi libérrima imaginación me haya llevado demasiado lejos, elucubrando proyectos faraónicos, y esté olvidando lo verdaderamente importante. Porque el encanto de un barrio reside en sus vecinos. En los vínculos comunitarios. En el sentimiento de pertenencia a algo.
Los futuros vecinos de Donapea (muchos de ellos todavía no han siquiera nacido) serán afortunados, si, cualesquiera sean las infraestructuras materiales del barrio, puedan forjar sus vidas en un lugar en el que las personas sean una prioridad. Donde se responda ante los demás.Donde se comprenda que las acciones de unos pocos afectan al barrio en general.
Quizá, algún día, como Emmett Brown, el científico genial de Regreso al futuro, me sorprenda a mi mismo, con la mirada perdida en la lontananza de nuevos edificios y parques públicos del barrio de Donapea, murmurando para mí mismo ante algún alumno: “Las cosas han cambiado mucho. Recuerdo cuando todo eran pastos hasta donde alcanzaba la vista… Todo esto era del viejo Peabody. Tenía la estúpida idea… de plantar pinos…»
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