Los helados de Pamplona: el verano que ni un eclipse pudo enfriar 

Heladicos. Pablo Orduna.

Heladicos. Pablo Orduna. Crédito: Pablo Orduna

Queridos y queridas pichorradictos: hemos vuelto. Tregua veraniega concluida, maletas deshechas a medias —siempre queda esa camiseta que jura que se va a lavar mañana— y aquí estamos otra vez, con la columna en la mano, dispuestos a contarles batallitas. Y qué verano, oigan. Un estío tan tórrido que hasta el sol se dignó a eclipsarse por completo para ver si así refrescaba el ambiente, pero no coló. 

📖 EUZKARAZ IRAKURTZEKO

¡Ah!, y, no queriendo ser menos, la luna se apuntó también a su propio oscurecimiento, como diciendo «yo también sudo, aunque ustedes no me vean». Ni una cosa ni la otra. Pamplona siguió derritiéndose con la misma dedicación con la que el sombrero de un cucurucho de barquillo se derrite en la mano de un niño de seis años que insiste en que «no, si no gotea, si yo controlo». 

Y, hablando de derretirse, si la canícula de este año ha tenido un protagonista indiscutible en esta ciudad, no ha sido ni el astro rey ni su reina, sino el helado. Con sorna, pero con toda la razón del mundo, se podría decir que Pamplona ha tenido este verano un ombligo del mundo particular. Aun en pleno proceso de transformación, siguió dominando la tarde pamplonesa el tramo del Paseo Sarasate —el mismo que durante generaciones se llamó curiosamente de Valencia—.

Es un lugar donde ya no se sabe si se va a pasear o si el garbeo vespertino es solo la excusa para llegar hasta el helado. Así que, ya que toca despedir el verano y saludar al otoño con la mano en el corazón (y el cucurucho en la otra, contra toda lógica térmica), ¿qué mejor forma de hacerlo que bucear un poco en la historia de esa institución pamplonesa? Agárrense, que hay tela… o, mejor dicho, hay barquillo. 

Un prólogo con retranca: los abuelos remotísimos del helado 

Fachada del establecimiento comercial de curtidos Ayestarán en la calle Mercaderes de Pamplona. Galle Gallego, José 

Antes de que existiera un solo barquillo cónico en Pamplona, ya se procesaba el frío. Y no nos referimos al frío que sale de una máquina con cablecitos, sino al que se guardaba, literalmente, bajo tierra. Hablamos de los neveros.

Era un oficio hoy casi de leyenda que consistía en recoger la nieve del invierno y apisonarla dentro de unos pozos excavados en el terreno, los famosos pozos de nieve o elurzuloak. Ahí se guardaba en capas alternadas con paja o helechos para aislarla, con la paciencia de quien sabe que en agosto esa nieve valdría su peso en oro.

Llamarlo «el primer helado de Pamplona» sería exagerar, porque aquello era hielo a palo seco y no natillas heladas. Sin embargo, sin esos carámbanos trabajados a pico y pala en pleno enero, tampoco habría habido después helados de vainilla ni de limón.

De invierno a verano, se utilizaba para conservar alimentos, «helar» bebidas y repostería en los cafés e, incluso —esto ya con menos gracia y más necesidad—, con fines medicinales, para bajar la fiebre o cortar hemorragias. Antes de ser un capricho de tarde de paseo, el hielo era casi un medicamento de botiquín. 

En Navarra hay catalogados más de un centenar de estos pozos y hasta la realeza le vio la gracia bastante pronto. Carlos III el Noble mandó construir el suyo en el castillo de Olite ya en el siglo XV. Pamplona, cómo no, también tuvo los suyos. Uno estaba situado junto al Palacio Real, en su lado norte, y otro en la calle Pozoblanco, que precisamente de ahí tomó su nombre.

Así que, la próxima vez que pasen por dicho recoveco camino de un helado, ya saben que están pisando la prehistoria del gremio. Y no era un pozo cualquiera, ya que tenía capacidad para unas 600 toneladas de hielo. De hecho, estaba entre los más grandes de Navarra.

Con la llegada de las máquinas frigoríficas a comienzos del siglo XX, todo aquel oficio cayó en el olvido y los pozos quedaron como una anécdota para etnógrafos con boina y cuaderno de notas.

Pero ahí queda el dato. Mucho antes de que existiera una tulipa con mantecado en esta ciudad, ya había gente sudando la gota gorda —nunca mejor dicho— para que los pamploneses pudieran refrescarse en agosto. 

Barquilleros y heladeros ambulantes 

Fachada de la bombonería, heladería Alaska en la plaza del Castillo de Pamplona. Galle Gallego, José 

La historia del helado propiamente dicho está estrechamente vinculada a otro dulce hoy casi olvidado: el barquillo. Durante décadas, barquilleros y heladeros eran el mismo oficio o gremios hermanos. Por ello, muchos de los primeros heladeros de la ciudad comenzaron vendiendo barquillos en las calles y plazas.

El punto de partida documentado nos lleva a 1876. Recién terminada la Tercera Guerra Carlista, llegó a Pamplona José Gómez López. Natural de San Pedro del Romeral, en el valle del Pas cántabro, más tarde se uniría a él su esposa, Josefa Martínez. Se instalaron en el número 17 de la calle del Carmen y en la parte trasera de la casa se dedicaron a elaborar conos y helados que vendían por las calles, plazas, posadas y hoteles.

Aquel oficio dejó tanta huella que se coló en el callejero de Pamplona. La calle Barquilleros, situada entre Dos de Mayo y el Portal de Francia, tomó su nombre por acuerdo municipal de 1936-1937 en honor a este gremio. 

Y se dio una curiosidad con sorna incluida, ya que estos dulceros llevaban cestas cilíndricas con sus barquillos y, encima, una ruleta con números. El comprador pagaba, giraba la ruleta y, si tenía suerte, se llevaba un barquillo de regalo.

Era una verdadera tómbola dulce portátil en ferias y verbenas. Además, los barquillos y los helados iban de la mano de otra forma bien física. Durante mucho tiempo, el propio cucurucho se hacía con barquillo y los «cortados» de vainilla o limón se servían emparedados entre dos obleas planas, como un sándwich helado de toda la vida. 

Los primeros negocios fijos: camino de la bombonería a la heladería 

A comienzos del siglo XX, junto a los vendedores ambulantes, empezaron a abrir locales fijos dedicados a los productos fríos y dulces. Entre ellos se encontraban los Sucesores de Puyada, de Mariano Pérez, en Zapatería 15, que ofrecían hielo, helados, chufas y horchata.

Le siguió el local de El Buen Gusto, en Chapitela 14, que abrió sus puertas en los años veinte y que era, a la vez, heladería, horchatería, chufería y turronería. Luego llegaron La Polar, en Estafeta 29, y El Valenciano, de José María Vilar, en San Gregorio 38.

De estos establecimientos salieron algunos de los heladeros ambulantes más recordados. Uno de ellos fue Juan Más Valdés, «El Alicantino», que así rotulaba sus carros. Trabajó también para El Buen Gusto y llegó a tener fábrica y tienda propia en San Miguel, 10. Este artesano de lo dulce repartía su helado a restaurantes, hoteles e incluso a los soldados del campamento militar de El Carrascal. 

Sin embargo, el clásico más popular fue Eliseo Sanchiz Sanz, nacido en 1904 en Bañeres (Alicante), en una familia de once hermanos. Antes de instalarse en Pamplona, había sido arriero, funámbulo y volatinero, y presumía de haber sido cazador de leones en África. Mentirijilla que probablemente mezclaba sueños con su experiencia en el servicio militar en Larache.

Llegó a la ciudad en los años veinte y vendió helado primero para El Buen Gusto y después para La Vital, empujando por las calles aquellos carricoches de los que salían las bolas directas al cucurucho. Ya afincado en Pamplona desde 1923, se casó con la navarra Águeda Indurain. Con el tiempo, se independizó y montó su negocio en la Rochapea, donde vendía de todo un poco: helados, golosinas, pan y leche. 

Y es que detrás de la entrañable imagen de Eliseo había mucho más que un vendedor de cucuruchos. Se hizo célebre con su carrito motorizado, un híbrido tuneado de moto y vagón en miniatura en el que llevaba pintado su inconfundible jeroglífico comercial: «EL A-2 ELISEO».

Recorría a diario las puertas de los colegios y la Vuelta del Castillo, fiaba helados a los niños sin muchas esperanzas de cobrar y alardeaba de proyectos disparatados, como ponerle una hélice a su motocarro.

Ya con cierta edad, su ocurrencia más recordada fue peregrinar a Santiago a lomos de su burro Molinero. Lo llevaba cargado de dulces con un cartel que rezaba «El maná de Eliseo». Con ellos, junto a una inmensa torta de maíz, pretendía obsequiar al arzobispo al llegar a Santiago de Compostela. Un personaje a la altura de cualquier leyenda urbana pamplonesa.

Tristemente, Eliseo murió en 1966 atropellado por un tren en la estación del Norte, donde tantas veces había vendido caramelos. La familia siguió con el negocio, aunque dejó de fabricar helados y se especializó en palomitas para los cines. Lo cierto es que Dulces Eliseo sobrevivió hasta 2014, cambiando de ubicación en varias ocasiones. 

Las grandes sagas o como Sarasate se convirtió en epicentro sin entonar el violín 

Los Jijonencos. Pablo Orduna

Y aquí llegamos al corazón de esta historia y de nuestro particular epicentro veraniego. En 1939 abrió sus puertas en el número 4 del Paseo de Sarasate la Heladería Nalia. Fue fundada por el comerciante Nicanor Mendiluce Martínez. Sin embargo, quien llevó de verdad las riendas del obrador fue José Serrano Molina, maestro heladero y turronero alicantino. Y es que, ya lo irán viendo, en esta historia casi todos los caminos vuelven a Alicante y Jijona.

A Serrano le siguió su sobrino, Vicente Serrano Más, hasta jubilarse en 2010, y hoy está al frente su hijo. Tres generaciones sin interrupción. Nalia es considerada la heladería más antigua en activo de Pamplona y sigue mezclando recetas clásicas con sabores navarros, como el goxua o la cuajada. 

Muy cerca, en el mismo Paseo de Sarasate —número 32 y, más tarde, en la esquina con el Rincón de San Nicolás—, se encontraba la Heladería La Vital. Su historia se remonta, al menos, a 1901. Ese año, Lázaro Iriarte, antiguo repostero del Café Suizo, se hizo cargo del Café Europa, precisamente en el Paseo de Valencia. En agosto de 1902, un jovencísimo Alfonso XIII, de 16 años, pasó por delante del local durante una visita a la ciudad y una foto de la época inmortalizó su rótulo.

Ya en los años 30 y 40, La Vital vendía leche esterilizada a domicilio, además de sus famosos helados. Varias generaciones recuerdan su decoración interior. En ella se podían ver exóticas escenas del Polo Norte con esquimales, algún oso blanco y hasta una ballena que «echaba su chorrito».

En aquel momento, era un escaparate tan hipnótico que los niños se quedaban pegados al cristal. La nevería aparece documentada en prensa hasta 1972, pero hacia 1975 el local ya lo ocupaba una anodina sucursal bancaria. Quizás el nuevo negocio ubicado allí comenzó a dejar helados a los pamploneses por otros motivos y tipos de interés. 

En esos años convivían otros nombres hoy desaparecidos: la Heladería Italiana, en Sarasate, 32, con el italiano Eugenio Bez Dal Molin; los heladeros Gonzalo Sola, en Calceteros; Mercedes Orquín, en Pozoblanco; Andrés Martínez, en Navas de Tolosa, y la familia Vilar, con Modesto Vilar, en Jarauta. Presidiendo la Plaza del Castillo se encontraba la Bombonería y Heladería Alaska, que en los años cincuenta combinaba bombones y helados bajo un mismo nombre polar, con un hermoso escaparate de época. 

Y es que, no nos engañemos, aquella zona de Sarasate, el Rincón de San Nicolás y la calle Media Luna fue, durante décadas, escenario del célebre paseo de los enamorados. Bajo la mirada mojigata pamplonesa, las parejas compraban un helado y seguían su paseo por la zona, justo el tramo donde hoy siguen abiertas Nalia y Los Jijonencos.

Así que, cuando decíamos con sorna que Sarasate era el epicentro de este verano, no descubríamos nada nuevo. Llevamos siglo y pico haciendo lo mismo: comprar un helado y salir a pasear con él. Aunque ahora el paseo se documente en Instagram en vez de en fotos de estudio y bajo el juicio vecinal, transmutado en exposición mundana al orbe entero. 

Los Jijonencos, del turrón de invierno al gelat de verano 

Interior de la bombonería, heladería Alaska en la plaza del Castillo de Pamplona. Galle Gallego, José 

Como no podía ser de otra manera, otra gran saga heladera tiene su origen en Xixona (Alicante). La familia que fundó Los Jijonencos viajaba cada invierno desde Valencia a Pamplona para vender turrón. En algún momento decidieron quedarse todo el año.

Para tener oficio también en verano, montaron una heladería. Empezaron en la calle Pozoblanco y, en 1949, se trasladaron a su ubicación actual: el número 12 de la calle Media Luna. 

En 2024, el negocio cumplió 75 años y, en la actualidad, está dirigido por la nieta del fundador y su marido, que son la tercera generación al frente del obrador. Su especialidad histórica era el helado de turrón —así se les conocía al principio—, pero hoy ya no es el más vendido, ya que mantienen entre 26 y 36 sabores, algunos clásicos (vainilla, chocolate, avellana y tutti frutti) y otros más modernos (Oreo, Kinder Bueno e, incluso, Pastas Layana).

Uno de sus productos más queridos fue el plátano helado. Consistía en una oblea con forma de plátano rellena de helado del mismo sabor, que generaciones de pamploneses compraron de niños y ahora compran, ya de abuelos, para sus nietos. 

El siglo XXI se apunta a la fiesta helada 

Desde los años 2000, Pamplona está viviendo una segunda edad dorada del helado, con acento tanto local como internacional. Un buen ejemplo es Amorino, la boutique italiana fundada en 2002 en la Île Saint-Louis de París por Cristiano Sereni y Paolo Benassi. Llegó también a la calle Estafeta con su sello característico de servir el helado con forma de flor.

Está Larramendi, fundada en 2008 por las hermanas Ana y Marta, con raíces en la pastelería artesana familiar. En su atelier se apuesta por sabores «de aquí», como el queso Idiazábal, la cuajada con miel y nueces, y tienen puntos de venta en San Nicolás y García Ximénez. 

También está Elizalde y Casa Salinas, en la plaza de San Nicolás, que presume de tener los mantecados más antiguos de Navarra. Su propietario, Jorge Elizalde, se animó a montar el negocio tras un viaje a Italia.

Y, cerrando el círculo con el turrón, La Turronería Primitivo Rovira e Hijos, ubicada en la Plaza del Castillo, es la sucursal pamplonesa de esta fábrica valenciana artesanal fundada en 1850. Su producto estrella es, cómo no, el helado de turrón.

Queridos lectores, pueden ver el mismo hilo —el turrón de Jijona y Alicante que da el salto al helado— que recorre esta historia desde hace más de un siglo. 

Un frío cordón umbilical que no se rompe bajo el abrasador bochorno 

Si algo llama la atención al repasar esta historia es la cantidad de familias llegadas del levante alicantino. Entre ellas se encuentran José Serrano en Nalia, Eliseo Sanchiz, Juan Más «El Alicantino», los fundadores de Los Jijonencos y, más recientemente, la Turronería Rovira. Todos hicieron de Pamplona su hogar y del helado, a menudo combinado con turrón, su oficio de generación en generación.

Desde el carricoche del barquillero de finales del siglo XIX hasta la heladería de autor de hoy, Pamplona lleva más de siglo y medio dándose un capricho gélido en cuanto aprieta el calor. Ya es algo tan de siempre, «de toda la vida», que ni siquiera hace falta pregón. Basta con ver la fila en el mostrador un domingo de verano, eclipse solar o lunar mediante, para entender que aquí no hay astro que valga. 

Hay un refrán vasco que ya avisaba, con esa sabiduría seca de quien lleva siglos mirando al cielo antes de salir a segar: «negu bigunegiak, uda gogorregia» (tras un invierno demasiado suave, llega un verano excesivamente duro).

Y, amigas y amigos, vaya si se ha cumplido este año. Ha sido tórrido y seco, con incendios en nuestros bosques mientras nosotros mirábamos el termómetro con cara de pánico y el cielo con cara de eclipse, como si el verano hubiera decidido cobrarse de golpe todas las suavidades del invierno pasado. 

Pero contra ese envite ahí han estado, plantadas en su sitio de siempre, nuestras heladerías. Se han visto las de toda la vida y las recién llegadas, las de Sarasate y las de Media Luna, las del cucurucho clásico y las de sabores imposibles de pronunciar. Se veían tulipas que se derretían antes de llegar a la segunda bola, tarrinas que aguantaban el tirón de la sobremesa, granizados que sabían a salvación líquida. Se ofrecían sorbetes que nos hacían creer que aquello era, oficialmente, «fruta», mantecados que no entienden de calendario y horchatas que consolaban al ánimo más templado.

Y, cómo no, no faltaron polos —el arma de mano más democrática del verano pamplonés—, repartidos entre críos y adultos por igual, sin distinción de edad ni de vergüenza por el chorrete en la muñeca. Ante el mostrador de cualquier heladería del Casco Viejo, o de otro barrio cualquiera,  esta ciudad ha vuelto a hacer lo que sabe hacer desde hace siglo y medio. Su única opción ha sido combatir el calor a cucharadas o lametazos, sin que ni sequía, ni incendio, ni eclipse le tosan. 

Así que, queridos pichorradictos, toca recoger la toalla, guardar las chanclas en el altillo y saludar al otoño como se merece. Sentiremos un poco de nostalgia por este verano tan cálido. Aunque, con la sorna de siempre, siempre nos quedará el consuelo de saber que, pase lo que pase con el sol y con la luna, en Sarasate o en cualquier rincón de la ciudad, siempre habrá alguien dispuesto a hacernos un cucurucho.

Y así nos leemos en la próxima, aunque esta vez ya sin necesidad de helado para sobrellevar el rato. Mientras esperamos a que el refrán vasco decida concedernos ahora un otoño e invierno decentes —a ver si en esta ocasión toca clemencia—, brindemos con un helado en la mano por el verano que se fue, por las heladerías que aguantaron el tipo y por la próxima pichorrada, que promete llegar bien fresquita. 

Eklipsak ere hoztu ez zuen uda 

Pichorradicas maite-maiteok, itzuli gara. Udako su-etena amaituta, maletak erdi-erdi hustuta —beti geratzen baita bihar garbituko dudala zin egiten duen kamiseta hori—, hementxe gaude berriz ere, zutabea eskuan, istorio zaharrak kontatzeko gogotsu. Eta zer nolako uda izan den, entzun. Hain beroa, non eguzkiak berak ere erabat estaltzea erabaki baitzuen, giroa freskatuko ote zen ikusteko; baina alferrik izan zen. 

Ai!, eta, gutxiago izan nahi ez zuela erakusteko, ilargiak ere bere ilunaldi propioa antolatu zuen, honela esango balu bezala: «nik ere izerditzen dut, zuek ikusi ez arren». Ez batak ez besteak konpondu zuen ezer. Iruña urtzen jarraitu zuen, «ez, ez dario, nik kontrolatzen dut» dioen sei urteko haur baten eskuan barkilozko kono baten gaineko izozki-bola urtzen den fideltasun berberaz. 

Eta, urtzeaz ari garela, aurten udan izan den protagonista nagusia ez bada eguzkia izan, ez eta ilargia ere, izozkia izan da, zalantzarik gabe. Ironiaz, baina arrazoi osoz, esan liteke Iruñeak bere mundu-zilbor partikularra izan duela udan. Eraldaketa-prozesu betean egon arren, Sarasate Pasealekuko zatiak menderatzen jarraitu zuen iruindarren arratsaldea —belaunaldiz belaunaldi bitxiki Valentziako Pasealekua deitu izandako toki berak—. Leku hori da non jada ez baitakigu paseatzera goazen ala arratsaldeko itzulia izozkira iristeko aitzakia besterik ez den. Beraz, uda agurtu eta udazkena bihotz-eskutik agurtzeko garaia denez (eta izozki-konoa beste eskutik, logika termiko orori muzin eginez), zer modu hoberik iruindar erakunde horren historian pixka bat murgiltzeko baino? Ondo helduta egon, kontu ederra baitago… edo, hobeto esanda, barkilo ederra dago. 

Hitzaurre ziztagarri bat: izozkiaren aitona-amona ezin zaharragoak 

Iruñean kono formako barkilorik existitu baino lehen, jadanik hotza prozesatzen zen. Eta ez gara kableztatutako makina batetik ateratzen den hotzaz ari, lurrazpian, hitzez hitz, gordetzen zenaz baizik. Elur-zaintzaileez ari gara… ia kondaira bihurtu den ofizioa zen, eta neguko elurra biltzean eta lurrean induskatutako putzuetan trinkotzean zetzan, elur-putzu ospetsuetan, edo garaiko agirietan jasotzen zen bezala, pozos de nieve edo elurzuloak. Han, lasto edo iratzez tartekatutako geruzatan gordetzen zuten isolatzeko, jakinik abuztuan elur hura urrea bezain baliotsua izanen zela. «Iruñeko lehen izozkia» deitzea gehiegikeria litzateke, izotz hutsa baitzen hura, eta ez natilla izoztua. Hala ere, urtarril betean pikotxean eta pala eskuan landutako izotz-koskor haiek gabe, ez zatekeen geroago banila edo limoi-izozkirik izanen. Neguz udaraino, elikagaiak kontserbatzeko erabiltzen zen, kafetegietako edariak eta gozogintza «izozteko», eta baita —hau jada gutxiago dibertigarria eta gehiago beharrezkoa zenez— sendagai gisa ere, sukarra jaisteko edo odol-jarioak eteteko. Paseoko arratsaldeko gogo huts bat izan baino lehen, izotza ia botikako sendagai bat zen. 

Nafarroan ehun putzu baino gehiago daude katalogatuta, eta erregetzak berak ere aski laster ikusi zion grazia kontuari. Karlos III.a Nobleak berea eraikiarazi zuen Erriberriko gazteluan, XV. mendean jadanik. Iruñeak ere, nola ez, bereak izan zituen. Bat Errege Jauregiaren ondoan zegoen, iparraldeko aldean, eta bestea Pozoblanco kalean, hain zuzen ere handik hartu baitzuen izena kaleak. Beraz, hurrengoan izozki baten bila bide horretatik igarotzen zaretenean, jakizue lanbide horren aurrehistoria zapaltzen ari zaretela. Eta ez zen edozein putzu, izan ere 600 tona izotz inguru sartzeko ahalmena baitzuen. Izan ere, Nafarroako handienetakoa zen. XX. mendearen hasieran hozkailu-makinak iritsi zirenean, ofizio hura guztiz ahaztu zen, eta putzuak boinadun eta koadernodun etnografoentzako anekdota hutsa bilakatu ziren. Baina hor gelditzen da datua. Hiri honetan mantekatuz betetako tulipa bat existitu baino askoz lehenago, jende asko ari zen izerdi patsetan —inoiz baino egokiago esanda— iruindarrek abuztuan freskatu ahal izan zezaten. 

Barkilogileak eta ibiltari izozkigileak 

Izozkiaren berezko historia gaur egun ia ahaztuta dagoen beste gozoki batekin lotuta dago estu-estu, nola ez barkiloarekin. Hamarkadaz hamarkada, barkilogileak eta izozkigileak ofizio bera edo elkarren senide ziren gremioak izan ziren. Horregatik, hiriko lehen izozkigile askok barkiloak kaleetan eta plazetan saltzen hasi ziren. Dokumentatutako abiapuntuak 1876ra garamatza. Hirugarren Gerra Karlista amaitu berritan, Jose Gomez Lopez iritsi zen Iruñera. Kantabriako Pas haraneko San Pedro del Romeral herrikoa zen, eta geroago haren emaztea, Josefa Martinez, elkartuko zitzaion. Karmen kaleko 17. zenbakian ezarri ziren, eta etxearen atzeko aldean izozki-konoak eta izozkiak egiteari ekin zioten, kaleetan, plazetan, ostatuetan eta hoteletan saltzeko. Ofizio harek hain arrasto sakona utzi zuen, ezen Iruñeko kale-izendegian sartu baitzen. Barquilleros kaleak, Maiatzaren Biaren eta Frantziako Portalaren artean kokatuta dagoenak, 1936-1937ko udal-erabaki baten bidez hartu zuen izena, gremio horren omenez. 

Eta bazegoen bitxikeria bat, umorez betea gainera, gozogile haiek saski zilindrikoak eramaten baitzituzten barkiloz beteta, eta, gainean, zenbakidun erruleta bat. Erosleak ordaindu, erruleta biratu, eta zortea izanez gero, barkilo bat opari eramaten zuen. Benetako tonbola gozo eramangarria zen ferietan eta herri-jaietan. Gainera, barkiloak eta izozkiak beste modu fisiko batean ere lotuta zeuden. Denbora luzez, konoa bera barkiloz egiten zen, eta banila edo limoi-«ebakiak» bi oblea lauren artean zapata gisa zerbitzatzen ziren, betiko izozki-sandwich baten antzera. 

Lehen negozio finkoak: bonboi-dendatik izozkitegira 

XX. mendearen hasieran, ibiltari-saltzaileekin batera, produktu hotz eta gozoetara zuzendutako lokal finkoak zabaltzen hasi ziren. Horien artean, Sucesores de Puyada zegoen, Mariano Perezena, Zapatería kaleko 15ean, izotza, izozkiak, txufak eta horxata eskaintzen zituena. Haren atzetik etorri zen El Buen Gusto lokala, Txapitela kaleko 14an, hogeiko hamarkadan ateak zabaldu zituena, eta aldi berean izozkitegia, horxategia, txufategia eta turroi-denda zena. Gero, La Polar iritsi zen, Estafeta kaleko 29an, eta El Valenciano, Jose Maria Vilarrena, San Gregorio kaleko 38an. Establezimendu horietatik atera ziren gogoratuen dituzten ibiltari-izozkigile batzuk. Horietako bat Juan Mas Valdes izan zen, «El Alicantino» goitizenez ezaguna —bere gurdietan horrela idazten baitzuen—. El Buen Gustorentzat ere lan egin zuen, eta bere fabrika eta denda propioa izatera iritsi zen San Migel kaleko 10ean. Gozogintzako artisau honek jatetxe eta hoteletara banatzen zuen bere izozkia, baita El Carrascaleko kanpamentu militarreko soldaduei ere. 

Hala ere, klasikorik ezagunena Eliseo Sanchiz Sanz izan zen, 1904an Bañeresen (Alacant) jaioa, hamaika anai-arrebako familia batean. Iruñean ezarri baino lehen, arrieroa, sokalaria eta akrobata izana zen, eta Afrikan lehoi-ehiztari izana zela harro esaten zuen. Gezurtxo hori, seguru asko, bere Larachen egindako zerbitzu militarreko esperientzia amets bihurtzearen ondorio zen. Hirira iritsi zen hogeiko hamarkadan, eta izozkia saldu zuen lehendabizi El Buen Gustorentzat eta ondoren La Vitalentzat, kaleetan zehar bultzatuz zuzenean konora bolak ateratzen zituzten gurditxo haiek. 1923tik Iruñean bizi izanik, Agueda Indurain nafarrarekin ezkondu zen. Denborarekin, bere kabuz jarri zen, eta bere negozioa martxan jarri zuen Arrotxapean, non pixka bat dena saltzen baitzuen: izozkiak, gozokiak, ogia eta esnea. 

Izan ere, Eliseoren irudi laztangarriaren atzean izozki-saltzaile hutsa baino askoz gehiago zegoen. Ospetsu bihurtu zen bere gurdi motordunarengatik, moto eta bagoi miniaturaren arteko nahaste tuneatu bat, non bere merkataritza-hieroglifiko ezagun hura pintatua baitzeraman, «EL A-2 ELISEO». Egunero eskolen ateak eta Gaztelugibel ibiltzen zituen, umeei izozkiak fiatzen zizkien kobratzeko itxaropen handirik gabe, eta erotasunezko asmoez harrotzen zen, hala nola bere motokarroari helize bat jartzeaz. Adin batekin zela, bere ekimenik gogoratuena Santiagora erromes joan izana izan zen, Molinero bere astoaren gainean. Gozokiz kargatuta zeraman, «El maná de Eliseo» zioen kartel batekin. Horiekin, arto-opil erraldoi batekin batera, artzapezpikuari oparia egin nahi zion Santiago de Compostelara iritsitakoan. Edozein iruindar hiri-kondairaren mailako pertsonaia. Tamalez, Eliseo 1966an hil zen, tren batek harrapatuta Iparraldeko geltokian, hain aldiz gozoki saltzen aritu zen tokian bertan. Familiak negozioarekin jarraitu zuen, izozkiak fabrikatzeari utzi bazion ere, eta zinemetarako arto-koxkorretan espezializatu zen. Egia da Dulces Eliseo 2014ra arte iraun zuela, hainbat aldiz lekuz aldatuta. 

Saga handiak, edo Sarasate nola bilakatu zen epizentro biolina jo gabe 

Eta hementxe iristen gara istorio honen bihotzera, eta gure udako epizentro partikularrera. 1939an Nalia izozkitegiak ireki zituen ateak, Sarasate Pasealekuko 4. zenbakian. Nicanor Mendiluze Martinez merkatariak sortu zuen. Hala ere, obradorearen benetako gidaria Jose Serrano Molina izan zen, Alacanteko izozkigile eta turroi-maisua. Izan ere, gero eta gehiago ikusiko duzuenez, istorio honetan ia bide guztiek Alacantera eta Xixonara garamatzate berriro. Serranoren ondoren bere iloba etorri zen, Vicente Serrano Mas, 2010ean erretiratu zen arte, eta gaur egun, bere semea da arduraduna. Hiru belaunaldi etenik gabe. Nalia Iruñeko izozkitegi zaharrena da martxan dagoenen artean, eta errezeta klasikoak nafar zaporeekin nahasten jarraitzen du, hala nola goxua edo mamia. 

Oso gertu, Sarasate Pasealeku berean —32. zenbakian, eta geroago, San Nikolas zokoarekin bat egiten duen izkinan—, La Vital izozkitegia zegoen. Haren historiak, gutxienez, 1901era garamatza. Urte hartan, Lazaro Iriartek, Café Suizoko gozogile ohiak, Café Europaren ardura hartu zuen, hain zuzen ere Valentziako Pasealekuan. 1902ko abuztuan, oraindik oso gaztea zen Alfontso XIII.a, 16 urterekin, lokalaren aurretik igaro zen hiria bisitatzen ari zela, eta garaiko argazki batek haren errotulua betiko gorde zuen. Hogeita hamarreko eta berrogeiko hamarkadetan jada, La Vitalek esne esterilizatua saltzen zuen etxez etxe, bere izozki ospetsuez gain. Hainbat belaunaldik gogoan dute haren barruko dekorazioa. Bertan Ipar Poloko eszena exotikoak ikus zitezkeen eskimalekin, hartz zuriren bat, eta baita «bere txorrotxoa botatzen» zuen balea bat ere. Garai hartan, hain erakusleiho hipnotikoa zen, non umeak kristalari itsatsita geratzen baitziren. Izoztegia 1972ra arte agertzen da dokumentatuta prentsan, baina 1975erako lokala banku-sukurtsal grisaxka batek okupatzen zuen jada. Beharbada, han kokatutako negozio berriak beste arrazoi eta interes-tasa batzuengatik hasi zitzaien iruindarrei izoztuta uzten. 

Garai haietan gaur egun desagertutako beste izen batzuk ere bazeuden: Heladería Italiana, Sarasate 32an, Eugenio Bez Dal Molin italiarrarekin; Gonzalo Sola izozkigilea, Calceteros kalean; Mercedes Orquin, Pozoblanco kalean; Andres Martinez, Navas de Tolosa kalean; eta Vilar familia, Modesto Vilarrekin, Jarauta kalean. Gazteluko Plazan nagusi zen Alaska Bonboi-denda eta Izozkitegia, berrogeita hamarreko hamarkadan bonboiak eta izozkiak izen polar berberaren pean uztartzen zituena, garaiko erakusleiho eder batekin. 

Eta ez gaitezen engainatu, Sarasateko zona hura, San Nikolas zokoa eta Media Luna kalea, hamarkadaz hamarkada, maitaleen ibilaldi ospetsuaren agertokia izan ziren. Iruindarren begirada apaltxoaren pean, bikoteek izozki bat erosi eta ibilaldiari eusten zioten zonaldean barrena, gaur egun ere Nalia eta Los Jijonencos irekita dauden zati berean, hain zuzen. Beraz, ironiaz esaten genuenean Sarasate izan zela udako epizentroa, ez genuen ezer berririk aurkitzen. Mende eta erdi baino gehiago daramagu gauza bera egiten, izozki bat erosi eta harekin paseatzera irten. Nahiz eta orain ibilaldia Instagramen dokumentatu, garai bateko estudioko argazkietan eta auzoko epaiketaren pean egin beharrean, orain mundu osoari erakusteko esposizio arrunt bihurtuta. 

Los Jijonencos, neguko turroitik udako gelat-era 

Nola ez, beste saga izozki-egile handi batek ere Xixonan (Alacant) du jatorria. Los Jijonencos sortu zuen familiak negu guztietan Valentziatik Iruñera bidaiatzen zuen turroia saltzeko. Une batean, urte osoan geratzea erabaki zuten. Udan ere lanik izateko, izozkitegi bat jarri zuten martxan. Pozoblanco kalean hasi ziren, eta 1949an gaur egungo kokalekura aldatu ziren; zehazki Media Luna kaleko 12. zenbakira. 

2024an, negozioak 75 urte bete zituen, eta, gaur egun, sortzailearen bilobak eta bere senarrak zuzentzen dute, obradorearen buru diren hirugarren belaunaldia baitira. Historikoki, turroi-izozkia zuten espezialitate —horrela ezagutzen ziren hasieran—, baina gaur egun jada ez da gehien saltzen dena, 26 eta 36 zapore artean mantentzen baitituzte, batzuk klasikoak (banila, txokolatea, hurra eta tutti frutti) eta beste batzuk modernoagoak (Oreo, Kinder Bueno, eta baita Pastas Layana ere). Beren produktu maitatuenetako bat platano izoztua izan zen. Platano itxurako oblea batez osatuta zegoen, zapore bereko izozkiz beteta, eta iruindarren belaunaldi askok umetan erosi zuten, eta orain, jada aitona-amona direla, beren bilobentzat erosten dute. 

XXI. mendea izozki-jaira batzen da 

2000ko hamarkadatik, Iruñeak izozkiaren bigarren urrezko aroa bizi du, azentu lokala eta nazioartekoa uztartuz. Adibide on bat Amorino da, Cristiano Serenik eta Paolo Benassik 2002an Parisko Île Saint-Louisen sortutako boutique italiarra. Estafeta kalera ere iritsi zen, izozkia lore-formarekin zerbitzatzeko marka bereizgarriarekin. Larramendi ere badago, Ana eta Marta ahizpek 2008an sortua, familiako gozogintza artisauan sustraiak dituena. Beren atelierrean «hemengo» zaporeen alde egiten dute, hala nola Idiazabal gaztarena, mamia eztiarekin eta intxaurrekin, eta salmenta-puntuak dituzte San Nikolasen eta Gartzia Ximenez kalean. 

Elizalde y Casa Salinas ere badago, San Nikolas plazan, Nafarroako mantekaturik zaharrenak dituela harro dioena. Jabeak, Jorge Elizaldek, Italiara egindako bidaia baten ondoren animatu zen negozioa martxan jartzera. Eta, turroiarekin zirkulua itxiz, La Turronería Primitivo Rovira e Hijos, Gazteluko Plazan kokatuta, 1850ean sortutako Valentziako fabrika artisau honen adar iruindarra da. Bere produktu izarra, nola ez, turroi-izozkia da. Irakurle maiteok, hari bera ikus dezakezue —Xixona eta Alacanteko turroiak izozkirako jauzia egiten duena— mende eta erdi baino gehiagoz istorio honetan zehar. 

Bero itogarripean hausten ez den zilbor-heste hotz bat 

Historia hau errepasatzean deigarriena den zerbait badago, hura da Alacanteko Levantetik iritsitako familien kopurua. Horien artean daude Jose Serrano, Nalian; Eliseo Sanchiz; Juan Mas, «El Alicantino»; Los Jijonencos-en sortzaileak, eta, oraintsuago, Turronería Rovira. Guztiek Iruña egin zuten euren etxe, eta izozkia, sarritan turroiarekin konbinatuta, euren ofizio, belaunaldiz belaunaldi. XIX. mendearen amaierako barkilo-saltzailearen gurditxotik gaur egungo egile-izozkitegietaraino, Iruñeak mende eta erdi baino gehiago daramatza bero-boladak apur bat gogortzen duen bakoitzean izoztutako gustu bat ematen bere buruari. Hain da betiko zerbait, «betidanikoa», ezen pregoirik ere ez baita behar. Nahikoa da uda-igande batean mostradorearen aurreko ilara ikustea, eguzki- edo ilargi-eklipsea tarteko dela, hemen ez dagoela izarrik balio duenik ulertzeko. 

Halaxe ohartarazten zuen esaera zahar batek, zeruari begira segan hasi aurretik mendez mende begiratzen dion horren jakinduria lehor harekin: «negu bigunegiak, uda gogorregia». Eta, adiskideok, ederki bete da aurten. Beroa eta lehorra izan da, gure baso-suteekin, guk termometroari izu-aurpegiarekin begiratzen genion bitartean, eta zeruari eklipse-aurpegiarekin, udak joan den neguko gozotasun guztiak batera kobratzea erabaki izan balu bezala. 

Baina erasoaldi horren aurka, hor egon dira, betiko lekuan finko, gure izozkitegiak. Betikoak eta iritsi berriak ikusi ditugu, Sarasatekoak eta Media Lunakoak, kono klasikokoak eta ahoskatzen ere zailak diren zaporeetakoak. Tulipak ikusten ziren bigarren bola iritsi baino lehen urtuz, potetxoak sobremesaren tirakada eusten zutenak, eta granizatuak salbazio likido baten zaporea zutenak. Sorbeteak eskaintzen ziren, «fruta» ofizialki zela sinestarazten zigutenak, egutegirik ulertzen ez duten mantekatuak, eta animo lasaiena kontsolatzen zuten horxatak. Eta, nola ez, ez ziren falta izan poloak —Iruñeko udako esku-arma demokratikoena—, ume eta helduen artean berdintasunez banatuak, adin-bereizkeriarik gabe eta eskumuturreko txorrotari lotsarik izan gabe. Alde Zaharreko izozkitegi ororen mostradorearen aurrean, edo beste edozein auzotan, hiri honek berriro egin du mende eta erdi darama egiten duena. Bere aukera bakarra izan da beroari koilarakadaka edo miazkatuka aurre egitea, ez lehorteak, ez suteak, ez eklipseak ezertan eragotzi gabe. 

Beraz, pichorradicto maiteok, toaila jasotzeko garaia da, txankletak goialdean gordetzekoa eta udazkena merezi bezala agurtzekoa. Nostalgia pixka bat sentituko dugu uda hain bero honengatik. Hala ere, betiko ironiaz, kontsolamendu hori beti izanen dugu. Ziur, eguzkiarekin eta ilargiarekin gertatzen dena gertatzen dela ere, Sarasaten edo hiriko beste edozein txokotan, beti egonen da norbait konoren bat egiteko prest. Eta horrela irakurriko gara hurrengoan, nahiz eta oraingoan jada ez den izozkirik behar izanen tartea eramateko. Esaera zaharrak orain udazken eta negu duinak emateko erabakia hartu bitartean —ea aldi honetan errukia tokatzen zaigun—, egin dezagun topa izozkia eskuan, joan den udaren omenez, eutsi zioten izozkitegien omenez eta datorren pichorradaren omenez, oso freskoa iristea agintzen baitu. 

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