¿Sueñan las cabras metálicas con coches eléctricos?
La cabra metálica Crédito: Arnau | @Arnaucomics
Ahora que los trenes no nos llevan a ninguna parte resulta oportuno buscar otros caminos, otras excusas, para volver a Pamplona.
El viernes, pernoctando en Madrid después del vuelo nocturno, había podido ver la gran victoria a domicilio de Osasuna en un épico partido contra las huestes celtas bajo la lluvia de Vigo, con el soberbio testarazo de Budimir, emergiendo en Balaídos como un Aquaman balcánico, un relámpago en la noche oscura.
A la mañana siguiente emprendí rumbo a Pamplona, en coche. Entrando por la Autovía de la Barranca, me emocionó reencontrarme con el rebaño de cabras metálicas diseñadas por José Expósito. Verlas fingir pastar hierba inasequibles al desaliento, impasibles ante el paso del tiempo, me retrotrae a la infancia, cuando, a la vuelta de las vacaciones de verano, pasaba por aquél punto, siempre ojo avizor para avistar a los falsos artiodáctilos, para espantar la melancolía del estío agonizante y el inminente regreso a la doma de la bravía escolar.
Hoy casi nadie recuerda el revuelo que provocó su instalación ni el coste para las arcas públicas. Creía distinguir, entre la neblina de la memoria, los acerados chistes de Oroz y aquella fantasía: la necesidad de que las cabras cobrasen vida ante los consejeros que aprobaron su adquisición para justificar el dispendio. ¿Sueñan los políticos con cabras metálicas?
Un finde relámpago en Pamplona para reencontrarse con la familia da para mucho. Nada más llegar a casa me aguardaba una paella reglamentaria y pizza casera del pizzero de Artiberri para festejar el cumpleaños de mi madre. Después, una tarde de juegos de mesa con mis sobrinas, al calor del hogar, con la melodía de la cabecera de Bluey resonando en mi cabeza como la banda sonora de la civilización occidental de retiro en el hogar.
En el calendario de taco adosado a la puerta de la nevera, en la cocina, pude leer una frase de Rabindranath Tagore: “Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que, constante y paciente, la sostiene en la sombra”
Mascaba los rudimentos del aserto del escritor indio el domingo, en el formidable campo del Soto, mientras presenciaba el encuentro del Mendillorri contra el Berriozar bajo la pertinaz lluvia, siguiendo las evoluciones de mi sobrino.
Sentí la vieja emoción del fútbol escolar, la mística de los campos de la cuenca de Pamplona, la rivalidad entre los colegios, las instrucciones quirúrgicas de los entrenadores, émulos de Mourinho y Helenio Herrera. La congoja solitaria de los cohibidos árbitros tratando de impartir justicia deportiva; los padres arengando a sus hijos desde la comodidad de la grada; los vítores incondicionales de las madres; el desdén de los hermanos pequeños que quieren que acabe todo para irse a comer. La gloria del gol, el olor a hierba sintética.
Antes había tomado un cortado y un pintxo de tortilla con virutas de bacon y alioli en el bar la Mordida, en Entremutilvas, ese vergel de VPOs de 533.835 m2 con miles de viviendas, zarpazo administrativo de Pamplona al Valle de Aranguren, bien abastecido de establecimientos de hostelería. Allí mismo, por la tarde, después de una caminata que me llevó a la vera de los campos de rugby de la UPNA, pude acceder a los encantos de La Venus, otro imponente bar con una pantalla de dimensiones wagnerianas, en el que pude degustar su bola de hongo. Con cierta malicia había azuzado en alguna ocasión a mi amigo Ignacio para que preguntase en la barra del bar si eran de la Venus de Milo o de la de Willendorf.
Tocaba regresar el lunes pero aún tuve de tiempo de tomar un pintxo de tortilla y una tónica con mi amigo Javier, arreglando el mundo en el Ogipan de Mutilva, cerca del frontón, donde antaño disputaba partidos de frontenis contra taimados adversarios con aspecto de columnistas de periódicos o plumas mercenarias, recibiendo grandes lecciones de vida y deporte: “Ojo al parche”, mientras me hacían correr de atrás hacia adelante como una lagartija.
La postrera comida familiar antes de emprender la vuelta tuvo lugar en el Irulegui. Buen menú del día por trece euros. Mi selección: espaguetis con gambas al ajillo de primero, bacalao a la vizcaína de segundo, cuajada quemada de postre.
Tocaba volver, pero esta vez en avión. Nuestro entrañable Aeropuerto de Pamplona-Noáin, abierto al tráfico civil en 1966 y profundamente modernizado en 2010, otrora aeródromo militar, recuerdo haberlo visitado con el colegio. Ahora me recibía con una formidable reproducción del encierro con el estilo inconfundible de Urmeneta, figuras de cartón en una vitrina, dando la bienvenida en varios idiomas. A mí me tocaba marcharme, a lomos de un Bombardier CRJ-1000, como un Nazgûl que como siempre, llega tarde, lo que me permitió procesar las emociones del viaje en la sala de espera, mientras los viajeros contritos piafaban desesperados y cargaban las baterías de sus teléfonos móviles.
Ya en mi asiento me dispuse a arrostrar el vuelo como un moderno Ícaro. Mi compañero de asiento leía un libro: La fisica diventa. Un romanzo, de Gabriella Greison. Al parecer, como pude investigar después, una novela divulgativa que recorre la revolución de la física cuántica a través de las vidas, pasiones y conflictos humanos de sus grandes protagonistas, mostrando cómo la ciencia cambió para siempre nuestra visión del mundo.
Otros compañeros de viaje parecían menos dados a ilustrarse y procedían a descargar su ira ante el retraso que inexorablemente les llevaría a perder su vuelo de conexión a Hamburgo y a verse varados en Madrid como rorcuales en Atxabiribil.
Mientras tanto me aprestaba a despegar, sin ganas de sumergirme en mi propia lectura, la Educación Sentimental de Flaubert. Pronto me convertiría en un nómada del viento, oteando desde mi ventanilla presurizada Pamplona empequeñeciendo inexorablemente. Primero Noain, después el polígono industrial de Cordovilla, la ronda PA-30 y la A-15, y al final, la sierra del Perdón.
Mientras la vista se fundía en una miríada de luces diminutas como luciérnagas, percutía el lejano recuerdo del bacalao a la vizcaína en la boca del estómago y me preguntaba, como un blade runner pamplonés, si algo de todo lo vivido durante el fin de semana en Pamplona había sido real, procesando con un bostezo la nostalgia, pensando en la frase de Tagore (quizá pariente lejano de Txomin Nagore), el cabezazo de Budimir, las cabras de José Expósito contemplando en formato ultrapanorámico los coches eléctricos con sus metálicas pupilas horizontales y rectangulares, y ante todo, tratando de nunca olvidar el pie del candil.
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