Los «therians» de Pamplona

Los therians de Pamplona

Los therians de Pamplona Crédito: @Arnaucomics

Una estampida de jóvenes recorrió las calles de Pamplona el pasado viernes 20 de febrero, ante el desconcierto de los transeúntes. Acudían en manada para presenciar una supuesta «quedada Therian» que nunca se materializó.

Los therians son personas que se identifican internamente con un animal real —su “theriotipo”—. No creen tener cuerpo animal, sino una identidad psicológica o espiritual vinculada a esa especie. El fenómeno surgió en comunidades online en los años noventa y quienes se adscriben a él suelen describir conexiones instintivas, experiencias de “shift” y un fuerte vínculo con la naturaleza.

Investigadores como Helen Clegg o Rosalyn Collings han estudiado esta identidad como fenómeno sociológico emergente. Subrayan que, en la mayoría de los casos, no implica psicosis, sino construcción simbólica del yo y búsqueda de comunidad en entornos digitales. En un contexto de identidades cada vez más narrativas, el animal funciona como lenguaje.

En Pamplona, la llamada online de lo salvaje llegó a través de TikTok bajo el nombre de “Quedada Therian”. Cientos de jóvenes se concentraron en la Plaza del Castillo para verlo. Hubo desplazamientos hacia Carlos III, el monumento a los Caídos y el paseo Sarasate, además de petardos y vídeos que circularon por redes amplificando la expectación.

El colectivo “Therians Pamplona” anunció incluso un nuevo encuentro en Buztintxuri. Más allá del fenómeno viral, la escena dejó preguntas abiertas.

El impulso de convertirse simbólicamente en animal no es nuevo. En el imaginario navarro abundan figuras híbridas y metamorfosis. El Gizotso, hombre-lobo de tradición pirenaica; las sorginak capaces de transformarse en gatos o cabras; el Basajaun, guardián velludo del bosque y del ganado. En el mundo rural, la frontera entre humanidad y animalidad siempre fue permeable. La transformación podía ser castigo, poder o conocimiento.

Pero el fenómeno therian es distinto. No remite a mitos ancestrales, sino a procesos contemporáneos de identidad. Desde la neurociencia sabemos que la imagen corporal es un modelo flexible que el cerebro construye integrando sensaciones y movimiento. Existen fenómenos como miembros fantasma o ilusiones corporales que muestran hasta qué punto esa representación puede ser moldeable.

Desde la psicología evolutiva, el animal es un símbolo poderoso: depredador, manada, territorio, vuelo.

En la adolescencia, cuando la identidad está en formación, identificarse con un animal puede condensar rasgos complejos de manera intuitiva y emocional. A ello se suma el papel de internet, que proporciona lenguaje, comunidad y validación. Probablemente el fenómeno combine factores biológicos, psicológicos y sociales.

Confieso que tengo algo de therian. Siempre me he sentido cercano al zorro: sigiloso, astuto, elegante en su discreción. Lo vi por primera vez en el pueblo de mi madre, merodeando el gallinero de mi tío. Años después, en una noche gélida en el aeropuerto de Hahn, otro zorro apareció entre luces artificiales y asfalto, como una aparición fabulosa.

Durante el confinamiento, uno más cruzó un parque cercano a mi casa, ajeno a mascarillas y prohibiciones. Su presencia era una afirmación silenciosa de libertad.

En otra ocasión durante el mismo ominoso período, pude atisbar uno desde mi ventana, mientras teletrabajaba, estirando las piernas en el jardín del señor Klensch.

El zorro habita también nuestras historias: las fábulas clásicas, el irreverente Renart medieval, el amigo del Principito que enseñaba el valor de domesticar, el Superzorro de Roald Dahl llevado al cine por Wes Anderson. Más que un animal, es una metáfora persistente.

Tal vez no haya tanta distancia entre el zorro que uno imagina ser y el vecino que camina a su lado. Pamplona es un espacio de convivencia compartido, una suerte de bosque urbano donde conviven identidades diversas.

Pero todo bosque necesita reglas invisibles para no convertirse en selva. Pamplona puede acoger la fantasía y la búsqueda simbólica, como ha acogido durante siglos mitos y leyendas.

La tarde pasó sin sobresaltos en ese bosque urbano que es Pamplona. Nietzsche sugería que los animales quizá nos ven como iguales que han perdido el sano intelecto animal. Quizá por eso convenga recordar algo elemental: la convivencia no es una teoría, sino un instinto. Pamplona se sostiene cuando nadie olvida que comparte territorio. Con la palabra o el aullido.

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