Si abro los ojos no es real

galtza amaia

Crédito: Arnau | @Arnaucomics

La mañana del sábado amaneció fría y convulsa. Desayunaba en casa mientras la radio desgranaba el barullo de los acontecimientos internacionales. Apuraba un café amargo, evocando con un estremecimiento aquellas películas ochenteras como Delta Force, con Chuck Norris y Lee Marvin, donde el mundo siempre parecía al borde del abismo.

Subí a Pamplona en la villavesa con mis padres, ejerciendo de paje real. Adquirí de manera vicaria un ejército de guerreros del caos de Warhammer y la novela El sueño del jaguar, de Miguel Bonnefoy, atinada recomendación de Vicky, guardiana de la heterodoxia literaria en Walden, una de las últimas atalayas intelectuales de la vieja Iruña.

Después repusimos fuerzas con un chocolate con churros en El panadero de Eugui, donde el azar me regaló el reencuentro con viejos amigos y sus vástagos. La tarde se tornó entonces apacible, siguiendo por televisión los avatares de Osasuna frente a su archienemigo, el Athletic Club. El golazo de falta de Rubén García nos hizo soñar con las mieles de la victoria, aunque el empate final siempre duele menos cuando se digiere arrellanado en el sofá, junto al grillo del hogar.

Pero el verdadero acontecimiento aguardaba al caer la noche, en el Navarra Arena. Si abro los ojos, no es real: concierto de Amaia Romero, en Pamplona y, con ese guiño que solo tienen las noches memorables, coincidiendo con el día de su cumpleaños.

Fue una noche sencillamente maravillosa. Lleno absoluto en el recinto y el zurrón emocional rebosante gracias al candor, el talento y la delicadeza de Amaia sobre el escenario. Al inicio confesaba, con su habitual desparpajo, estar “cagada” de nervios por ser el primer concierto del año y además en casa, como Osasuna. Y, sin embargo, durante dos horas largas, demostró que los nervios pueden transmutarse en arte puro, que la música también es una forma de encender la luz y mandar la oscuridad a paseo.

Si de Lola Flores se decía aquello de “ni canta ni baila, pero no se la pierdan”, de Amaia bien podría afirmarse que canta, baila, compone, toca el piano, la guitarra, el arpa, el sintetizador… Mil razones, todas ellas, para no perdérsela. Como decía @avioneta_divertida en Instagram, “Hay artistas que llenan estadios y otros que llenan el alma. Amaia hace lo segundo”.

El espectáculo fue de primer orden: una banda poderosa y una escenografía que evocaba aquellas bajeras o piperos de la adolescencia, refugios de cuadrillas donde se emulaba a Fedro y Alcibíades alrededor de un kalimotxo y pizza de casa Tarradellas. Sobre ese escenario cotidiano, Amaia fue elevándose poco a poco, subiendo los peldaños de una escalera entarimada, como la absoluta reina del invierno, enjoyada de gracia y sencillez.

Emocionaba ver al público vibrar, cantar al unísono, sentir la cercanía de Amaia con una audiencia en la que se mezclaban generaciones y donde no faltaban amigos de su infancia. Incluso los detalles más banales —un katxi de cerveza generoso por ocho euros, olor a Jumpers— parecían sumarse a la sensación de estar viviendo algo especial.

En “Tengo un pensamiento”, Amaia recurrió a una cajita de música para transportarnos al territorio sagrado de la infancia. Un gesto mínimo que me llevó, sin aviso, al recuerdo de aquella cajita llegada de París, regalo de mis amigas Andrea, Francesca y Martina, con la melodía del Can Can de Offenbach: la música como máquina del tiempo.

El concierto fue también un viaje por la memoria pop colectiva. Desde Tocotó y su guiño a Marisol, pasando por Com Você y su homenaje a Shakira, hasta una versión lunfarda y existencialista de “Me pongo colorada” de Papá Levante, que hubiese emocionado a un Søren Kierkegaard. Hubo espacio para el indie clásico con “Santos que yo te pinte” de Los Planetas, celebrada por los gafapastas más conspicuos, y para la poesía de Federico García Lorca con el “Zorongo gitano”.

Y de ahí, de vuelta a las raíces. “Aralar” me transportó a la infancia, a la calle del Segundo Ensanche donde crecí, y “Yamaguchi” emocionó de forma especial al auditorio: un fragmento de la historia sentimental de la ciudad, un parque que es memoria viva y que nos lleva, como un jirón de mapa, hasta Japón y la huella de San Francisco Javier. La música de Amaia tiene ese don: enlazar la niñez con la juventud, los abuelos que se fueron con los amigos que los avatares de la vida dejaron atrás: recordarnos de dónde venimos para empujarnos a vivir con pasión.

El público no dejó de jalear a su heroína, de celebrar su belleza y su cercanía, de cantarle el cumpleaños feliz. El colofón fue perfecto: dos horas de música excelsa, una gran tarta sobre el escenario y la sensación compartida de haber asistido a algo irrepetible. La noche pasó como un relámpago, mientras Amaia nos dejaba una confidencia que ya es casi un lema: “Hay un parque en mi Pamplona, que yo quiero recordar…”.

De la magia de Amaia a la magia de la noche de Reyes. Tras los últimos arreones como sirviente real, premiados con un trozo del excelso Roscón del Coffing, llegó la visita a los belenes de Baluarte. Conmovedor el trabajo de la Asociación de Belenistas de Pamplona, con un homenaje al pueblo ucraniano entre ruinas, tanques y drones, en una representación del misterio sobrecogedora, sin renunciar a la fantasía de Peyo y sus Pitufos o Harry Potter, ni al emotivo belén de la Churrería de la Mañueta con su guiño al maestro Sabicas.

Continué la noche acudiendo al desfile de la Cabalgata de los Reyes Magos, incrustándome en la plaza Príncipe de Viana. Una noche gélida, que parecía perfecta para pillar un pasmo, pero al final conseguí entrar en calor pugnando con fieros niños y adolescentes displicentes como viejos parroquianos del Bar Neón que se abalanzaban sobre los caramelos arrojados por la regia comitiva metiendo los codos al mismísmo estilo de Fernando Carlos Redondo Neri.

La ilusión, la expectación, la emoción desbordada de grandes y pequeños preludiaba la llegada de sus majestades de Oriente. Imponentes lucieron las carrozas de Melchor, con su colosal Oso Polar; Gaspar, con su indómito león; y Baltasar, a las riendas de un aguerrido leopardo.

Al final, mientras regresaba a casa caminando, donde me esperaba la tradicional pizza del Telepizza con la familia, valorando las emociones de los últimos días, llegaba una vez más a la melancólica conclusión: “Pamplona puede ser una ciudad maravillosa”.

¡Esperamos que así sea también este nuevo año para toda la comunidad de Pamplonews!

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