La «trinidad cafetera»: cuando Iruña conquistó tres ciudades
Café Iruña, Pamplona. Crédito: Café Iruña
Hoy haremos un recorrido por los tres cafés Iruña que marcaron época en Pamplona, Bilbao y Madrid. Sin embargo, antes de sumergirnos en la épica historia de los tres mosqueteros cafeteros —perdón, de los tres Iruñas—, conviene hacer una parada técnica en la Pamplona de Entresiglos. Porque aquella ciudad no era solo encierros y Sanfermines. Era, por encima de todo, un hervidero de cafés con más solera que un jamón de Guijuelo y más historia que la Biblioteca de Alejandría.
La Plaza del Castillo, que ha sido testigo de todo tipo de acontecimientos, desde revoluciones hasta borracheras festivas, contó con una verdadera constelación de establecimientos cafeteros hasta los años sesenta. Nombres que hoy no dirán nada a los millennials, pero que harán suspirar nostálgicamente a los veteranos del lugar: el Café Kutz de José Joaquín Arazuri (fundado por el cervecero donostiarra Luis Kutz en 1912, todo un visionario del multitasking), el Café Torino (donde se podía bailar con cierta libertad en una habitación trasera, lo que suena sospechosamente a lo que hoy llamaríamos «local de ambiente») y el legendario Café Suizo, fundado por los hermanos Mattosi en 1844.
Pero entre todos ellos hubo uno que destacó como el sol entre las estrellas. Un café que, junto con dos establecimientos no tan lejanos, podría constituir para algún historiador despistado el santuario de la «santísima trinidad cafetera navarra». Hablamos, cómo no, del mítico Café Iruña.
Pamplona, 1888: nace el patriarca

Todo comenzó la víspera de San Fermín de 1888. Imagínense la escena. Pamplona se prepara para sus fiestas, la ciudad hierve de expectación y un grupo de pamploneses con visión de futuro decide que lo que realmente necesita la ciudad es un café que deje a todos boquiabiertos. No un café cualquiera, sino uno con luz eléctrica. Un café con luz eléctrica. La inauguración del Café Iruña supuso, según cuentan las crónicas, la llegada oficial de la electricidad a la ciudad.
El artífice de esta hazaña fue Serafín Mata, un emprendedor pamplonés que, en marzo de ese mismo año, había fundado la Sociedad Iruña con «una amplia base de accionistas». En definitiva, que Mata inventó el crowdfunding antes de que existiera internet.
Tuvo el olfato de reunir a un grupo de inversores locales que creyeron en su visión: crear un café a la altura de los grandes establecimientos europeos. Y vaya si lo consiguió.
Mata demostró que con visión, capital y buen gusto se podía situar a Pamplona en el mapa cafetero continental. Así, el 2 de julio de 1888 se inauguró oficialmente el café, aunque se abriría al público la víspera de San Fermín, cuando ya estaba lleno de gente. Claro, en Pamplona, si algo no se inaugura en San Fermín, no cuenta.
El café ocupaba la planta baja del edificio del Crédito Navarro, diseñado por el arquitecto riojano Maximiano Hijón y reformado entre 1932 y 1934 por Víctor Eusa (para los profanos, sería como decir que tu casa la decoró Gaudí y después la retocó Le Corbusier).
Fue el primer edificio en utilizar hierro en los forjados. Modernidad en estado puro. Pero lo que realmente convirtió al Café Iruña en una leyenda fue su estilo Belle Époque. En su interior había mesas de mármol, columnas abigarradas, artesonados que te dejaban el cuello torcido de tanto mirar hacia arriba y espejos. Muchos espejos. Tantos, que uno podía perderse en sus propios reflejos mientras degustaba un café con leche.

Y luego llegó Hemingway. Mejor omito mi opinión personal. Parece ser que para que algo sea verdaderamente legendario, tiene que haber pasado por allí este personaje. Era tal su afición por el Café Iruña que hoy en día existe un «Rincón de Hemingway» con una escultura suya en tamaño natural, realizada por José Javier Doncel.
En cualquier caso, por muchos personajes famosos que pasaran por allí, el Café Iruña pamplonés tuvo sus altibajos. Entre 1977 y 1998 sufrió la indignidad de convertirse en bingo, una decisión tan acertada como poner una barra americana en el Prado.
Pero sobrevivió y mantiene su decoración original, sus espejos y sus mármoles. Hoy sigue siendo parada obligatoria para turistas y lugar de tertulia para los pamploneses más veteranos. Hay que recordar que este espacio ha servido de conector comunitario.
En el primer piso del mismo edificio se instaló el Casino Principal, porque en aquella época las cosas se hacían con estilo: café abajo, casino arriba. Un ascensor social en sentido literal.
Bilbao, 1903: el hijo pródigo con azulejos

Quince años después del éxito pamplonés, un emprendedor navarro llamado Severo Unzué Donamaría decidió que Bilbao necesitaba su propio Café Iruña. Y no uno cualquiera, sino uno que superara al de Pamplona.
Unzué, con la determinación característica de quien sabe lo que quiere, no escatimó en gastos ni en imaginación. El 7 de julio de 1903 (curiosamente, también en San Fermín, parece que los iruneses tienen un contrato vitalicio con esta festividad), abrió sus puertas frente a los Jardines de Albia.
Y, desde luego, el promotor navarro tenía clara su filosofía empresarial. Había que ofrecer «esmerados servicios hosteleros» (palabras textuales suyas) en un marco arquitectónico que dejara sin aliento. Y lo logró con creces, creando no solo un café, sino una experiencia sensorial que combinaba gastronomía, arte y vida social en 300 metros cuadrados de puro esplendor.
Si el Iruña de Pamplona era la Belle Époque, el de Bilbao era un viaje alucinógeno al mundo árabe sin necesidad de sustancias ilegales. La decoración, de inspiración mudéjar, estaba compuesta por azulejos que parecían haber sido robados de la Alhambra y traídos pieza por pieza a Bilbao, techos policromados que parecían salidos de Las mil y una noches y pinturas murales por doquier.
El arquitecto responsable de esta maravilla fue Joaquín Rucoba, el mismo que decoró el Salón Árabe del Ayuntamiento de Bilbao. Vamos, que el hombre tenía clara su línea estética. Y es que, si no brilla, si no tiene arabescos y no te deja mareado de tanta belleza, no sirve.
El Café Iruña bilbaíno se convirtió rápidamente en el lugar de encuentro de la intelectualidad vasca. Por allí desfilaron Pío Baroja (que seguro pedía un café solo con cara de pocos amigos), Miguel de Unamuno (que filosofaba entre sorbo y sorbo) e Indalecio Prieto (quién sabe si conspirando políticamente en alguna mesa del fondo).
Era el epicentro cultural de la ciudad, donde las tertulias literarias competían con el ruido de las tazas. Y sigue siendo un marco delicioso para conectar con la ciudad.
Todos los años, el 6 de julio a las 12 del mediodía, justo antes de la víspera de San Fermín, se lanza el txupinazo desde su puerta, al mismo tiempo que en Pamplona.
Suele acudir el alcalde bilbaíno como gesto reconocimiento a la lealtad del local a sus orígenes. Con tal abolengo, los reconocimientos a este café no tardaron en llegar.
En 1980 fue declarado «Monumento Singular» (el Óscar de los edificios) y, en el año 2000, recibió el Premio Especial al Mejor Café de España, otorgado por la prestigiosa guía Café Crème Guide to the Cafés of Europe.
Vamos, que los británicos, con su legendaria pasión por el té, tuvieron que rendirse ante la evidencia porque aquí se hacía el mejor café del país.
Madrid, 1932: El hermano trágico

Y llegamos al tercer vértice de la «trinidad», el más trágico, el que tuvo menos suerte: el Benjamin Button de los cafés Iruña, el madrileño.
La historia del Café Iruña de Madrid duele. En 1932, siete camareros, uno de ellos de Pamplona —de ahí el homenaje nominal y la conexión con la saga Iruña—, decidieron lanzarse a la aventura de abrir su propio local.
No eran magnates ni herederos, sino trabajadores del sector que conocían el oficio desde dentro y soñaban con ser sus propios jefes. Cada uno aportó dos mil pesetas, una cantidad considerable que obtuvieron de sus ahorros, privaciones y propinas. Así fue como formaron una sociedad cooperativa, democrática y horizontal, donde todos eran socios por igual. Un modelo empresarial casi revolucionario para la época.
Lo instalaron en la esquina del número 8 de la avenida de Eduardo Dato (actual Gran Vía, 52) con la calle Silva. Por aquel entonces, la zona de la avenida que iba desde Callao hasta la Plaza de España estaba sin terminar. Era como el Far West madrileño, la última frontera de la modernidad.
De hecho, el edificio donde se instaló el café, construido entre 1928 y 1931 por Luis Díaz de Tolosa, es uno de los máximos exponentes del art déco madrileño. Todo auguraba un futuro brillante. Así, el Café Iruña madrileño se convirtió rápidamente en un rincón literario.
En abril de 1933, el colectivo Acción Literaria tenía allí su lugar de encuentro y su Club Teatral Anfístora recaudaba apoyos económicos para las obras de Federico García Lorca, que era asiduo del local.
Imagínense a un Lorca tomando café mientras alguien pasaba la gorra para que sus obras vieran la luz. Una escena épica y tremendamente española. Pero entonces llegó 1936. Y con él, la Guerra Civil. Una catástrofe que partió el país en dos y que ni siquiera perdonó a los cafés.
De los siete socios, cuatro huyeron de Madrid, otro resultó gravemente herido en un bombardeo de la Gran Vía —porque, en Madrid, hasta tomar un café podía costarte la vida— y los dos restantes continuaron con el negocio del mejor modo posible, que, en lenguaje de posguerra, significa «de chiripa».
La posguerra fue muy dura para el Iruña madrileño. Intentaron abrir un «baile-taxi» en la planta baja. Se trataba de esos salones donde las mujeres, necesitadas de sobrevivir, cobraban unas monedas por bailar, lo que era pura supervivencia.
Las autoridades, escandalizadas por tamaña «impudicia», lo clausuraron de inmediato. Luego ocuparon el espacio con mesas de billar y de juego, que también fueron intervenidas por la policía, a pesar de que, según las lenguas del ambiente, numerosos comisarios de la zona eran clientes habituales. Porque la hipocresía siempre ha sido un deporte nacional en España.
Finalmente, el sótano se convirtió en sala de televisión cuando comenzaron las emisiones, con un número limitado de canales, como recordarán. Este bar castizo de Iruña era frecuentado por toreros mexicanos como Carlos Ruiz Camino, «Arruza», porque donde hay café y televisión, hay matadores aztecas. Es ley no escrita.
El desenlace fue tan triste como predecible. En enero de 1975, el Café Iruña de Madrid echó el cierre definitivo, dejando en la calle a sus treinta y seis trabajadores, todos ellos veteranos. El local se dividió y tiempo después fue comprado por KFC, que abrió allí su primer restaurante en Madrid.
Sí, han leído bien; donde antes se recaudaban fondos para García Lorca, donde se discutía de literatura y se tomaban cafés con sabor a historia, ahora la gente se atiborra de pollo frito. Si eso no es una metáfora del siglo XX español, que baje Dios y lo vea.
Hoy, si pasean por Gran Vía, 52 solo encontrarán el edificio art déco que alberga el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo. Nada recuerda que allí hubo un café donde bullía la cafetera de la literatura, la picaresca y la realidad más española del siglo XX. La memoria histórica del café torrefacto es así de cruel.
Reflexiones finales: cuando un nombre es un destino

En el fondo, la narrativa de los tres cafés Iruña es la historia de una época de cambio de siglo. Son líneas de esplendor, de cultura, de lugares donde se forjaban ideas y se gestaban revoluciones entre taza y taza.
El Iruña de Pamplona sobrevivió manteniendo su esencia de la Belle Époque, su conexión con momentos duros y felices y su orgullo navarro. Es el abuelo sabio de la familia, que ha visto pasar gobiernos, guerras, dictaduras y democracias sin perder ni un azulejo.
El Iruña de Bilbao prosperó, se convirtió en monumento para baristas, ganó premios internacionales, resistió restauraciones y sigue siendo el corazón cultural de la ciudad. Es el hijo exitoso que superó al padre sin renegar de sus raíces.
El Iruña de Madrid murió joven, víctima de la Guerra Civil, la posguerra y la especulación inmobiliaria. Es el hermano trágico, el que pudo ser y no fue, el que acabó convertido en un local de fast food. Una metáfora brutal de un Madrid que devora su propia historia.
Lo curioso es cómo un nombre —Iruña, que en euskera significa simplemente «ciudad»— pudo convertirse en sinónimo de cafés legendarios en tres ciudades en la península.
No se trató de una franquicia al uso ni hubo un plan maestro de expansión como el de Starbucks. Fue más bien una especie de contagio cultural, una prueba de que, cuando algo funciona —vincularse a lo que uno es—, otros quieren replicarlo, cada uno a su manera.
Los cafés de Entresiglos eran mucho más que lugares para tomar café. Eran parlamentos informales, redacciones de periódicos improvisadas, estudios de escritores sin calefacción y conspiraciones políticas envueltas en humo de tabaco. Eran, en definitiva, el corazón palpitante de la vida urbana. Y los tres Iruñas representan esa edad dorada del café como institución social.
En la actualidad, en plena era de los coffee shops de diseño minimalista, el café para llevar y las reuniones on line, los Iruñas supervivientes son un recordatorio de que hubo un tiempo en el que la gente se sentaba, conversaba, discutía y creaba, todo ello alrededor de una taza de café y bajo techos decorados con pan de oro.
Así que, la próxima vez que pasen por Pamplona o Bilbao, tómese un respiro y siéntese en un Café Iruña. Pidan un café, observen los azulejos, los espejos, los artesonados. Imaginen a Unamuno filosofando en una mesa, a Lorca recaudando fondos en la barra. Brinden (con café, claro) por esos lugares que se niegan a morir y resisten el paso del tiempo y la globalización.
Como dice el viejo refrán: «Non gogoa, han zangoa», o lo que es lo mismo: «donde nos gusta, allí vamos». Porque, al final, como diría cualquier buen tertuliano de café, lo importante no es el destino, sino las historias que se cuentan en el camino. Y está claro que estos Iruñas tuvieron historias para aburrir.
Nota piadosa del autor: Ningún café fue maltratado durante la escritura de este texto. Varios fueron consumidos. Se recomienda discreción lectora para personas con nostalgia aguda de la Belle Époque o alergia al pollo frito.
Hirutasun Kafetegi Santua: Iruñeak hiru hiri menperatu zituenean
Iruña Zaharra, kafe piloa, eta ez zezenak eta dantzak bakarrik
Gaur, Iruñean, Bilbon eta Madrilen garai bat markatu zuten hiru Iruña kafeak bisitatuko ditugu. Hala ere, hiru kafe-mosketarien — barkatu, hiru Iruñeon — historia epikoan murgildu baino lehen, komeni da geldialdi tekniko bat egitea Iruñean, Entresigloen inguruan. Hiri hura ez baitzen entzierroak eta Sanferminak bakarrik. Beste ezeren gainetik, kafe mordoa zen, Guijueloko urdaiazpikoa baino zoladura handiagokoa, eta Alexandriako Liburutegia baino kondaira gehiagokoa. Gazteluko Plaza era guztietako gertakarien lekuko izan da, iraultzetatik hasi eta jaietako mozkorraldietaraino, eta hirurogeiko hamarkadara arte kafe-etxeen benetako konstelazioa izan zuen. Izen horiek gaur egun ez diete ezer esango millennialei, baina hasperen nostalgikoa egingo diete bertako beteranoei: José Joaquín Arazuriren Café Kutz (Luis Kutz garagardogile donostiarrak 1912an sortua, multitaskingeko ameslari oso bat), Café Torino (non nolabaiteko askatasunarekin dantza egin zitekeen atzeko gela batean, gaur egun «giroko lokala» deituko genukeenaren itxura susmagarria duena) eta Café Suizo mitikoa, Mattosi anaiek 1844an sortua. Baina haien guztien artean bat nabarmendu zen, eguzkia izarren artean bezala. Kafe hori, hain urrutikoak ez diren bi establezimendurekin batera, historialari galduren batentzat «Nafarroako Hirutasun Kafetegi Santua»’ren santutegia izan liteke. Nola ez, Iruña kafe mitikoaz hitz egin genuen.
Iruñea, 1888: patriarka jaio zen
1888ko San Fermin bezperan hasi zen dena. Irudikatu eszena. Iruñea bere jaietarako prestatzen ari da, hiria ikusminez irakiten dago eta etorkizun ikuspegia duen iruindar talde batek hiriak benetan behar duena denak aho zabalik utziko dituen kafea dela erabakitzen du. Ez edozein kafe, argi elektrikoa duen bat baizik. Argi elektrikoa duen kafe bat. Kronikek diotenez, Iruña Kafetegiaren inaugurazioak elektrizitatea hirira ofizialki iristea ekarri zuen.
Egitandi horren egilea Serafín Mata izan zen, urte bereko martxoan Iruña Elkartea «akziodunen base zabal batekin» sortu zuen ekintzaile iruindarra. Azken batean, Matak crowdfundinga asmatu zuela Internet bizi aurretik. Bertako inbertitzaile talde bat biltzeko usaimena izan zuen, bere ikuspegian sinetsi zutena: Europako kafe-etxe handien parean kafetegi bat sortzea. Bai horixe. Matak erakutsi zuen ikusmenarekin, hiriburuarekin eta gustu onarekin Iruñea kafetegi kontinentalaren mapan koka zitekeela. Horrela, 1888ko uztailaren 2an ofizialki inauguratu zen kafea, baina Sanfermin bezperan ireki zen, jendez gainezka zegoenean. Noski, Iruñean, zerbait ez bada Sanferminetan inauguratzen, ez du kontatzen.
Kafeak Crédito Navarroko eraikinaren beheko solairua hartzen zuen, Maximiano Hijón arkitekto errioxarrak diseinatua eta 1932tik 1934ra Victor Eusak eraberritua (ezjakinentzat, zure etxea Gaudik apaindu zuela esatea bezala izango zen, eta ondoren Le Corbusierrek ukitu zuen). Forjatuetan burdina erabili zuen lehen eraikina izan zen. Modernitatea egoera puruan. Baina Iruña Kafetegia legenda bihurtu zuena Belle Époque estiloa izan zen. Barruan marmolezko mahaiak zeuden, zutabe nabarrak, kasetoidunak, lepoa okertuta eta ispiluak. Ispilu asko. Hainbeste, non norbera bere erreflexuetan gal baitzitekeen kafesne bat dastatzen zuen bitartean.
Eta gero Hemingway etorri zen. Hobe nire iritzi pertsonala alde batera uztea. Badirudi, zerbait benetan mitikoa izan dadin, pertsonaia horrek handik igaro behar izan duela. Hain zaletasun handia zuen Iruña Kafetegiarekiko, ezen gaur egun «Hemingwayren txokoa» baitago, neurri naturaleko bere eskultura batekin, José Javier Doncelek egina. Nolanahi ere, handik pasatzen ziren pertsonaia ospetsu asko zirela medio, Iruñeko Café Iruñeak bere gorabeherak izan zituen. 1977 eta 1998 artean bingo bihurtzeko duintasunik eza jasan zuen, Pradon amerikar barra bat jartzea bezain erabaki egokia. Baina bizirik iraun zuen eta jatorrizko apainketa, ispiluak eta marmolak mantentzen ditu. Gaur egun, turistentzat derrigorrezko geldialdia izaten jarraitzen du, eta iruindar beteranoenentzat tertulia lekua. Gogoratu behar da espazio hori erkidego-konektorea izan dela. Eraikin bereko lehen solairuan Kasino Nagusia jarri zen, garai hartan gauzak estiloarekin egiten zirelako: kafea behera, kasinoa gora. Igogailu soziala, hitzez hitz.
Bilbo, 1903: seme oparoa azulejuekin
Iruñeak arrakasta izan eta hamabost urtera, Severo Unzué Donamaría izeneko ekintzaile nafar batek erabaki zuen Bilbok bere Kafe Iruña propioa behar zuela. Eta ez edozein, Iruñekoa gaindituko lukeen bat baizik. Unzué, zer nahi duen dakienaren erabaki bereizgarriarekin, ez zen gastuetan eta irudimenean eskapatu. 1903ko uztailaren 7an (bitxia bada ere, San Ferminetan ere, badirudi irundarrek biziarteko kontratua dutela jai horrekin) Albiako Lorategien aurrean ireki zituen ateak. Eta, jakina, Nafarroako sustatzaileak argi zuen bere enpresa-filosofia. «Ostalaritza-zerbitzu saiatuak» (bere testu-hitzak) eskaini behar ziren arnasarik gabe utziko zuen arkitektura-esparru batean. Eta aise lortu zuen, kafe bat sortzeaz gain, gastronomia, artea eta bizitza soziala uztartzen zituen zentzumen-esperientzia bat sortuz, 300 metro karratuko distira hutsean.
Iruñeko Iruña Belle Époque bazen, Bilbokoa mundu arabiarrera egindako bidaia haluzinogenoa zen, legez kanpoko substantzien beharrik gabe. Apaingarria, inspirazio mudejarrekoa, Alhambratik lapurtu eta piezaz pieza Bilbora ekarriak ziruditen azulejuek, Mila gau eta bat gehiago lanetik atereak ziruditen sabai polikromatuek eta nonahi horma-pinturek osatzen zuten. Mirari honen arduraduna Joaquin Rucoba arkitektoa izan zen, Bilboko Udaletxeko Arabiar Aretoa apaindu zuen diseinugilea. Tira, gizonak argi zeukan bere lerro estetikoa. Izan ere, distira egiten ez badu, arabeskorik ez badu eta hainbeste edertasunez zorabiatuta uzten ez bazaitu, ez du balio.
Bilboko Iruña Kafetegia berehala bihurtu zen euskal buru-langileen topaleku. Handik desfilatu zuten Pio Barojak (ziur lagun gutxiren aurpegiarekin kafe bat bakarrik eskatzen zuela), Miguel de Unamunok (zurrut eta zurrut artean filosofatzen zuena) eta Indalecio Prietok (auskalo hondoko mahairen batean politikoki konspiratzean). Hiriko epizentro kulturala zen, non literatur solasaldiak katiluen zaratarekin lehiatzen ziren. Eta hiriarekin konektatzeko esparru zoragarria izaten jarraitzen du. Urtero, uztailaren 6an, eguerdiko 12etan, Sanfermin bezpera baino lehentxeago, txupinazoa bere atetik botatzen da, Iruñean bezala. Bilboko alkatea bertaratu ohi da, lokalaren jatorriarekiko leialtasuna aitortzeko. Kafeari egindako aitorpenak berehala iritsi ziren. 1980an «Monumentu Berezi» izendatu zuten (eraikinen Oscar saria), eta 2000. urtean Espainiako Kafe Onenaren Sari Berezia jaso zuen, Café Crème Guide to the Cafés of Europe gida ospetsuak emana. Tira, britainiarrek, te-grina mitikoarekin, amore eman behar izan zuten ebidentziaren aurrean, hemen egiten baitzen herrialdeko kaferik onena.
Madril, 1932: Anaia tragikoa
Eta Trinitateko hirugarren erpinera iritsi ginen, tragikoena, zorte gutxien izan zuena: Iruña kafetegietako Benjamin Button, madrildarra. Madrilgo Café Iruña kafearen historia hain da espainiarra, ezen min ematen baitu. 1932an, zazpi zerbitzarik, horietako bat Iruñekoa — hortik Iruña sagarekiko lotura eta omenaldi nominala —, beren lokala irekitzeko abenturari ekitea erabaki zuten. Ez ziren handikiak, ez oinordekoak, baizik eta sektoreko langileak, lanbidea barrutik ezagutzen zutenak eta beren nagusi izatea amesten zutenak. Bakoitzak bi mila pezeta eman zituen, diru kopuru handia, aurrezkietatik, gabezietatik eta eskupekoetatik lortutakoa. Horrela, sozietate kooperatibo, demokratiko eta horizontal bat eratu zuten, non denak bazkide berdinak ziren. Enpresa-eredu ia iraultzailea garai hartarako.
Eduardo Dato Etorbideko 8. zenbakiko izkinan jarri zuten (egungo Gran Vía, 52), Silva kalearekin. Garai hartan, Callaotik Espainia Plazaraino zihoan etorbidea amaitu gabe zegoen. Far West madrildarra bezalakoa zen, modernitatearen azken muga. Izan ere, Luis Díaz de Tolosak 1928 eta 1931 bitartean eraikitako eraikina Madrilgo art déco-aren adierazgarririk garrantzitsuenetako bat da. Denak etorkizun bikaina iragartzen zuen. Horrela, Madrilgo Café Iruña berehala bihurtu zen txoko literario. 1933ko apirilean, Acción Literaria taldeak bere topalekua zuen han, eta Club Teatral Anfistora elkarteak laguntza ekonomikoak biltzen zituen García Lorcaren obretarako, lokalean ohikoa baitzen. Iruditu Lorca bat kafea hartzen norbaitek txapela pasatzen zuen bitartean bere lanek argia ikus zezaten. Eszena epiko eta izugarri espainiarra. Baina orduan iritsi zen 1936. Eta harekin batera, estatu-kolpea eta gerra zibila. Herrialdea bitan zatitu zuen hondamendia, kafeei barkatu ere egin ez ziena. Zazpi bazkideetatik lauk ihes egin zuten Madrildik, beste bat larri zauritu zuten Gran Víaren bonbardaketa batean — Madrilen, kafe bat hartzeak ere asko kosta ziezazukeelako —, eta gainerako biek ahalik eta modurik onenean jarraitu zuten negozioarekin, gerraosteko hizkeran «txiripaz» esan nahi baitu.
Gerraostea oso gogorra izan zen Madrilgo Iruña taldearentzat. Beheko solairuan «taxi-bailea» irekitzen saiatu ziren. Areto horietan, emakumeek, bizirik iraun beharrean, txanpon batzuk kobratzen zituzten dantzatzeagatik, eta hori biziraupen hutsa zen. Agintariek, «lizunkoi» tamainak eskandalizaturik, berehala itxi zuten. Ondoren, billar- eta jolas-mahaiak hartu zituzten, eta poliziak ere esku hartu zuen, nahiz eta, giroko gizontxoen arabera, inguruko komisario asko ohiko bezeroak izan. Hipokrisia beti izan delako kirol nazionala Espainian. Azkenik, sotoa telebista-gela bihurtu zen emisioak hasi zirenean, kanal kopuru mugatu batekin, gogoratuko duzuen bezala. Iruñeko taberna peto-peto horretan Carlos Ruiz Camino «Arruza» bezalako toreatzaile mexikarrak ibiltzen ziren, kafea eta telebista dauden lekuetan azteken hiltzaileak daudelako. Idatzi gabeko legea da. Amaiera iragarri bezain goibela izan zen. 1975eko urtarrilean, Madrilgo Café Iruña kafetegiak behin betiko itxi zuen, eta hogeita hamasei langile, guztiak beteranoak, kalean utzi zituen. Lokala banatu egin zen, eta handik gutxira KFCk erosi zuen, eta han ireki zuen bere lehen jatetxea, Madrilen. Bai, ondo irakurri dute; lehen García Lorcarentzat dirua biltzen zen tokian, non literaturaz eztabaidatzen zen eta istorio kutsuko kafeak hartzen ziren, orain jendea oilasko frijituz betetzen da. Hori ez bada Espainiako XX. mendeko metafora bat, jaitsi dadila Jainkoa eta ikus dezala. Gaur egun, Gran Víatik paseatzen ari badira, 52k Administrazioarekiko Auzien Epaitegia dagoen art déco eraikina baino ez dute aurkituko. Ezerk ez du gogoratzen han kafe bat egon zela, non literaturaren kafe-makina, pikareskoa eta XX. mendeko errealitate espainiarrena bolo-bolo zebilen. Kafe okaztagarriaren oroimen historikoa ankerra da.
Azken gogoetak: izen bat helmuga denean
Funtsean, hiru kafetegien narratiba mende aldaketa garai baten historia da. Lerro distiratsuak dira, kulturazkoak, ideiak sortu eta katiluaren artean iraultzak sortzen ziren tokietakoak. Iruñakoak bizirik iraun zuen Belle Époque-ren esentzia, une gogor eta zoriontsuekiko lotura eta nafar harrotasuna mantenduz. Familiako aitona jakintsua da, gobernuak, gerrak, diktadurak eta demokraziak azulejurik galdu gabe pasatzen ikusi dituena.
Bilbokoak aurrera egin zuen, baristentzako monumentu bihurtu zen, nazioarteko sariak irabazi zituen, zaharberritzeei eutsi zien eta hiriaren bihotz kulturala izaten jarraitzen du. Aita bere sustraiei uko egin gabe gainditu zuen seme arrakastatsua da. Madrilgoa gazte hil zen, Gerra Zibilaren, gerraostearen eta higiezinen espekulazioaren ondorioz. Anaia zorigaiztokoa da, izan zitekeena eta izan ez zena, fast food lokal bihurtu zuena. Bere historia irensten duen Madril baten metafora basatia.
Bitxiena da izen bat — Iruña, euskaraz «hiria» besterik esan nahi ez duena — kafe mitikoen sinonimo bihurtu zela erdiuharteko hiru hiritan. Ez zen ohiko frankizia izan, eta ez zen Starbucks bezalako hedapen-plan nagusirik izan. Kutsatze kultural moduko bat izan zen, zerbaitek funtzionatzen duenean — norbera denari lotu —, beste batzuek erantzun nahi dutelako froga, bakoitzak bere erara. Entresigloseko kafeak kafea hartzeko lekuak baino askoz gehiago ziren. Parlamentu informalak ziren, bat-bateko egunkarietako erredakzioak, berogailurik gabeko idazleen estudioak eta tabako-kean bildutako azpilan politikoak. Azken batean, hiriko bizitzaren bihotz taupakaria ziren. Eta hiru Iruñeek kafearen urrezko aro hori gizarte erakunde gisa irudikatzen dute.
Gaur egun, diseinu minimalistako coffee shop-en, eramateko kafearen eta online bileren garaian, bizirik atera ziren Iruñeak garai batean jendea eseri, hitz egin, eztabaidatu eta sortu egiten zen oroigarri dira, hori guztia kafe katilu baten inguruan eta urrezko ogiz apaindutako sabaien azpian. Beraz, Iruñetik edo Bilbotik igarotzen zareten hurrengoan, hartu arnasa eta eseri Iruña kafe batean. Eskatu kafea, begiratu azulejuei, ispiluei, kasetoidurei. Asmatu Unamuno mahai batean filosofatzen, Lorca barran dirua biltzen. Topa egin (kafearekin, noski) hiltzeari uko egiten dioten eta denboraren joanari eta globalizazioari eusten dioten leku horiengatik. Esaera zaharrak dioen bezala, «non gogoa, han zangoa». Zeren, azkenean, kafe-tertuliakide on orok esango lukeen bezala, garrantzitsuena ez baita patua, bidean kontatzen diren istorioak baizik. Eta argi dago Iruña hauek istorioak izan zituztela aspertzeko.
Egilearen ohar errukiorra: Idazki hau idaztean kaferik ez zen gaizki tratatu. Batzuk edan egin zituzten. Belle Époque delakoaren nostalgia akutua edo oilasko frijituarekiko alergia duten pertsonentzako irakurketa-diskrezioa gomendatzen da.
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